Durante buena parte de su historia reciente, Catamarca ocupó un lugar secundario en la competencia por la excelencia turística en el Noroeste argentino. No por carencia de recursos naturales o culturales —que abundan y con singularidad—, sino por una combinación persistente de rezagos estructurales, falta de planificación sostenida y una débil política de posicionamiento frente a provincias que avanzaron antes y mejor.
Salta, Jujuy y Tucumán consolidaron tempranamente una identidad turística reconocible, apoyada en infraestructura, conectividad, servicios y una narrativa coherente del destino. Incluso Santiago del Estero, con menor diversidad paisajística que Catamarca, logró construir un producto turístico de alcance internacional alrededor de las Termas de Río Hondo, demostrando que la riqueza natural no es condición suficiente si no va acompañada de estrategia y continuidad.
En ese contexto, la competencia real de Catamarca nunca fue en igualdad de condiciones con esas provincias. Su verdadero punto de comparación ha sido La Rioja, con la que comparte tanto potencialidades como limitaciones: geografías exigentes, mercados más pequeños, restricciones presupuestarias y una histórica dificultad para transformar recursos en productos turísticos maduros.
Un cambio
Sin embargo, sería un error no reconocer el cambio que comenzó a gestarse en los últimos veinte años. De manera gradual, Catamarca empezó a corregir inercias. Mejoró la promoción de sus atractivos, puso en valor su patrimonio natural y cultural, impulsó obras de infraestructura vinculadas al turismo y alentó —con distintos grados de éxito— la inversión privada. A ello se sumó la expansión de la oferta de alojamiento, no solo en destinos tradicionales, sino también en localidades que hasta hace poco no formaban parte del circuito turístico provincial.
Ese proceso permite afirmar que el turismo ha dejado de ser una política coyuntural para empezar a configurarse como una política de Estado. No porque exista un plan perfectamente estructurado, sino porque se advierte cierta coherencia en el posicionamiento del destino a lo largo del tiempo, aun con cambios de gestión provincial y con la multiplicidad de municipios que buscan construir su propio perfil turístico.
La temporada de verano en curso confirma esa tendencia. El Rodeo, Las Juntas, Balcozna, La Puerta y otras villas tradicionales muestran elevados niveles de ocupación, un flujo constante de visitantes y un movimiento económico que ratifica al turismo como una de las actividades con mayor proyección en la provincia. El impacto ya no es marginal, sino que genera empleo, dinamiza economías locales y empieza a consolidarse como un sector estratégico.
Catamarca exhibe hoy signos claros de crecimiento y consolidación turística. Pero ese crecimiento no puede sostenerse indefinidamente apoyado solo en la belleza de sus paisajes. Catamarca exhibe hoy signos claros de crecimiento y consolidación turística. Pero ese crecimiento no puede sostenerse indefinidamente apoyado solo en la belleza de sus paisajes.
Problemas estructurales
Pero el crecimiento convive con problemas estructurales que se repiten y que, de no abordarse, pueden transformarse en un límite. Las riquezas naturales y culturales son un activo central, pero por sí solas resultan insuficientes. El desafío pasa por profundizar políticas de infraestructura, planificación territorial y articulación efectiva entre el Estado y el sector privado.
En ese sentido, sería pertinente recrear ámbitos de trabajo conjuntos, integrados por ambos sectores y por los distintos niveles de gobierno, capaces de diseñar políticas turísticas de largo plazo, sin cargas burocráticas innecesarias y con capacidad real de ejecución.
Las falencias en servicios básicos siguen siendo un punto crítico. En localidades como Balcozna, vecinos han reportado cortes de agua y energía eléctrica durante enero, cuando la demanda se incrementa por la llegada de turistas. A ello se suma una deuda estructural con la conectividad digital: el acceso a internet estable y de calidad continúa siendo irregular en gran parte del territorio provincial, pese a que hoy constituye un servicio esencial tanto para visitantes como para prestadores turísticos.
La oferta cultural se mantiene como uno de los pilares de la temporada, especialmente en El Rodeo y Las Juntas, donde se concentran propuestas artísticas, recreativas y eventos deportivos. No obstante, la agenda continúa excesivamente concentrada en enero y, en menor medida, en los primeros días de febrero. La dificultad para extender la temporada y distribuir actividades a lo largo del verano —y más aún fuera de él— evidencia la falta de una estrategia sostenida de desarrollo turístico.
Límites a la capacidad de extensión
En materia de alojamiento, se observan avances en cantidad y calidad, pero a un ritmo inferior al crecimiento de la demanda. La escasez de camas sigue siendo un problema recurrente en los picos de afluencia, lo que limita la capacidad de expansión del destino.
A estos desafíos se suman déficits de infraestructura urbana básica. El estado de las calles de tierra en las principales villas veraniegas continúa siendo precario y, durante las lluvias, muchas se vuelven intransitables. La ausencia de obras adecuadas para el escurrimiento pluvial genera anegamientos que, en algunos casos, afecten viviendas. En El Rodeo, propietarios de casas de veraneo reclaman desde hace años soluciones estructurales a una problemática que se repite cada temporada.
Catamarca exhibe hoy signos claros de crecimiento y consolidación turística. Pero ese crecimiento no puede sostenerse indefinidamente apoyado solo en la belleza de sus paisajes. Abordar los problemas estructurales pendientes es una tarea urgente que requiere una mirada de mayor integración entre el sector público y el privado y una atención prioritaria a los reclamos de vecinos y visitantes. Estos son requisitos irremplazables para que el turismo se convierta en factor de desarrollo integral en Catamarca.
