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Vamos a ganar la guerra?

jueves, 12 de marzo de 2026 01:29

Al margen de estar de acuerdo o no, podría ser respetable una coincidencia ideológica del presidente Javier Milei con Donald Trump: el problema es que Milei no tiene una ideología propia. Su posición se limita a suscribir y adherir a ciegas a cualquier cosa que Trump diga o haga. No sabe Milei qué dirá Trump en dos semanas o un mes, pero sabe que estará fervorosamente a favor, cualquiera sea el rumbo que tome Estados Unidos. Esta ausencia de criterio propio se expuso con meridiana claridad en diversas ocasiones, por caso, en el romance mileísta con el ucraniano Volodímir Zelenski, con quien el libertario hizo causa común y hasta lo invitó a su asunción, para abandonarlo sin más apenas Trump lo humilló públicamente en Casa Rosada. El sobreactuado amor por Trump obedece a que Milei quiere mostrar desenfrenadamente que es un incondicional del republicano, con la imaginativa suposición de que eso lo convierte en un par, un aliado poderoso, un integrante de la mesa chica que decide los destinos del mundo. Una suerte de proyección megalómana, que le impide ver el rol de mendigo sumiso que en realidad asume, arrastrando a toda la Argentina detrás suyo. Carece Milei del valor y la capacidad para defender lo suyo, como hace por ejemplo el brasileño Lula, y le resulta más cómodo simular que es felpudo por decisión propia y que se deja atropellar por estratégica conveniencia nacional.

Lo grave es que la adoración personal conlleva posturas que involucran a una Nación entera, cálculo que Milei no está haciendo, o no está haciendo correctamente. Su más grotesco exabrupto en este sentido fue afirmar ligeramente que “vamos a ganar la guerra”, declaración implícita e irresponsable que significa que Argentina está en guerra (¿o explicará luego que lo dijo a título personal y no como presidente, como la promoción de la criptoestafa?). Una locura tratándose de un Gobierno cuya capacidad de combate se limita a apalear jubilados cada miércoles. Milei se suma cándidamente a un conflicto cuya naturaleza es imposible de descifrar, incluso en Estados Unidos. Porque el remanido argumento de terminar con una amenaza nuclear no se sostiene, desde el momento en que el mismo Donald Trump anunció el año pasado que había destruido el programa nuclear iraní.

Se trata de una guerra donde los factores preponderantes son el control petrolero, la geopolítica de Medio Oriente, el equilibrio del mundo árabe y un rosario de problemas en los cuales Argentina es convidado de piedra. No es un actor involucrado ni económica, ni política ni militarmente, más allá de que pueda verse colateralmente afectado como el resto del mundo. Verdaderas potencias como Rusia o China o los históricos aliados europeos de Estados Unidos, observan con prudencia y cautela. Pero Milei se alista como un soldado de oratoria, comprándole a Argentina un gigantesco problema, por si le hiciera falta sumar uno más. El presidente de la Nación es el responsable último de la política exterior de la Argentina. Para la toma de decisiones cuenta con un cuerpo permanente de funcionarios diplomáticos del Servicio Exterior de la Nación, encargado de representar y defender los intereses del país. El ministro de Relaciones Exteriores es su principal autoridad. Pero Milei va al exterior y se declara en guerra, sin que el Congreso de la Nación se haya enterado, sin que se conozcan las razones o los avales para semejante decisión. Una situación insólita de consecuencias impredecibles, propias de la conducción de un mandatario cuyo antecedente más fuerte de enfrentamiento fue tuitear contra Lali Espósito.

El Esquiú.com

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