Era ya el año 500, y Europa estaba en plena transición hacia lo que luego llamaríamos Edad Media.
En Subiaco, un valle montañoso de la región del Lacio, unos 75 kilómetros al este de Roma y atravesado por el río Aniene, su fama de asceta y santón vivo atrajo (como era de esperar por entonces) discípulos y también envidias (como es de esperar siempre).
En un tiempo de invasiones por todos los rincones y creciente decadencia, con su presencia, Benito ofrecía un refugio, un laboratorio de sentido (aunque entonces hayan sido pocos quienes lo escucharon in situ). En un tiempo de invasiones por todos los rincones y creciente decadencia, con su presencia, Benito ofrecía un refugio, un laboratorio de sentido (aunque entonces hayan sido pocos quienes lo escucharon in situ).
Un atardecer rosado en el que permanecía en silencio junto a una veintena de devotos, una pequeña vasija que llegó a sus manos llevaba en sí agua envenenada.
Desde entonces, la leyenda cuenta (y aquí inicia el mito en la vida de esta persona) que el barro cocido se rompió antes de tocar sus labios, como si la vasijilla se rebelara contra la maldad para evitar la anticipada muerte.
Benito sobrevivió y fundó doce pequeños monasterios en aquella región italiana, dispersos entre colinas y bosques que parecían custodiados por el silencio.
Casi consciente de que su destino era la inmaterial tarea de mostrar su visión de La Verdad, hacia el año 529 se trasladó al Monte Cassino, un cerro situado entre Roma y Nápoles, en la actual región de Campania, donde levantó el monasterio que sería el corazón de su trabajo.
Entre esos muros de piedra y la multiplicación de rezos que se repetían como mantras universales, escribió la Regula Benedicti, la médula de su tarea en este plano de la existencia: la Regla de San Benito.
Terminada hacia el año 530, “La Regla” es un texto breve, de setenta y tres capítulos, y desde su misma ejecución en palabras contiene una arquitectura espiritual que sobrevivió todos estos siglos.
Ora et labora, “oración y trabajo”, es su eje.
La vida monástica, para este Benedicto, implicaba priorizar esa dupla de tareas cotidianas como centro regenerador del ser humano en esta Tierra.
Esa vida monástica buscaba construir (y vaya que construyó) un orden alternativo, una comunidad donde la disciplina y la humildad fueran las principales armas contra el caos.
En un tiempo de invasiones por todos los rincones y creciente decadencia, con su presencia, Benito ofrecía un refugio, un laboratorio de sentido (aunque entonces hayan sido pocos quienes lo escucharon in situ).
Murió en Monte Cassino el 21 de marzo del 547, según la tradición de pie, sostenido por sus hermanos.
Como ocurrió luego de la muerte del Nazareno, con su partida los benedictinos se esparcieron por los alrededores italianos, y en aquella Europa debilitadísima se irguieron como faros de la praxis espiritual de aquellos tiempos. Araron tierras, copiaron manuscritos (faltaba casi un milenio para existencia de la primera imprenta), enseñaron a leer a cientos de personas.
Benito fue canonizado siglos más tarde, y en 1964 el papa Pablo VI lo proclamó patrono de Europa.
Su figura se convirtió en un símbolo de resistencia cultural: un hombre que, desde la soledad de una cueva, había levantado una civilización de silencio y escritura. Su caso es como el de tantísimos otros: un poeta que no escribía versos, sino dictámenes de Lo Alto, y en esas secuencias escondía la música de un continente que aún no sabía que estaba por renacer.
Tantísimos siglos después, y tan lejos de aquella tierra, en nuestro país aún perviven algunos monasterios benedictinos.
El más cercano de ellos está en uno de los corazones yúnguicos de Tucumán, El Siambón, adonde entrar equivale a sumergirse en un pliegue (casi inmóvil) del tiempo.
El sinuoso camino se abre entre montañas verdes y quebradas que parecen custodiar un secreto antiguo, y ahí, en medio de esa quietud natural, se levanta la iglesia del Monasterio Cristo Rey.
Sus muros sencillos, de piedra y cal, guardan la memoria de Benito como si el eco de Monte Cassino hubiera viajado añares y mares para posarse en este rincón del noroeste argentino.
Y ahora entro, me siento en un banco de madera y observo cómo la penumbra se mezcla con la luz que cae desde un vitral: en ese instante la veo y lo siento, y pienso esto, y me digo y escribo (ahora): “la medalla de San Benito aparece como un puente entre la historia y el presente”.
La medalla, consolidada en el siglo 17 y fijada en su forma definitiva en 1880, es más que un objeto devocional. La pequeña medalla es un mapita cifrado, un conjuro en el que las letras latinas se convierten en murallas invisibles contra el mal.
Crux Sancti Patris Benedicti, Vade retro Satana: fórmula que se yergue en su repetición estertórea o interior como un escudo protector.
En El Siambón, la medalla se vende en una tiendita del monasterio, pero su verdadero valor no está en el precio, ni en la veracidad de los minerales con que está acuñada, sino en la continuidad de un símbolo que atraviesa siglos y geografías.
Como tantos otros símbolos, esa medalla es un archivo portátil de fe.
Representa la esencialidad humana de inscribir signos en la materia, de convertir el lenguaje en protección, de recurrir al inevitable pensar con palabras para todo aquello que mínimamente se complejice de nuestros movimientos mentales.
Se trata de un círculo que guarda dentro de sí un universo de significados, como un poema codificado que se lleva en el bolsillo.
En la iglesia de El Siambón sostengo la medalla en la mano y siento que no es un objeto aislado, sino parte de una constelación que une Nursia y Tucumán (Italia y Argentina) en una línea invisible.
Y por último y con esto me estoy yendo, la medalla de San Benito es una brújula espiritual.
No importa si uno cree o no en el demonio: lo que importa es la certeza de que el mal existe y que necesitamos símbolos para enfrentarlo.
La medalla recuerda que la palabra puede ser escudo.
Y la vida de aquel Benedicto puede mostrarnos que un monjecito sincero, nacido en un continente en ruinas, aún puede seguir dialogando con nosotros a través de un objeto pequeño, circular, que cabe en la palma de la mano y, sin embargo, muy concretamente puede salvarnos.
Esto fue Garamond 11. Hasta la próxima, lectores.
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