Todo empieza igual. Una publicación aparece en una red social. Un nombre, una foto, una acusación. A veces es un texto largo; otras, apenas una frase. No importa. En minutos, la maquinaria se pone en marcha.
Primero llegan los compartidos. Después, los comentarios. Al principio hay preguntas, pero duran poco. Rápidamente son tapadas por certezas. “Es culpable”. “Que pague”. “No tiene perdón”. La multitud ya eligió. El escrache comenzó.
La escena recuerda al circo romano. En el centro de la arena, una persona. No siempre se sabe qué hizo, ni si lo hizo. Tampoco importa demasiado. Alrededor, miles miran desde sus pantallas. Algunos insultan, otros exigen castigo, otros simplemente observan. Los pulgares digitales se levantan o se bajan. La condena se decide a pura emoción.
Aparecen entonces los opinólogos violentos. No conocen los hechos, pero hablan con seguridad. No conocen a la persona, pero la definen. No tienen pruebas, pero dictan sentencia. Se convierten en jueces por un rato. Lo hacen sin responsabilidad y sin consecuencias. Cuando el ruido baja, se van. La persona expuesta queda.
Porque el escrache no termina cuando pasa de moda. La publicación sigue ahí. El nombre queda asociado al escarnio. Llegan los mensajes privados, las amenazas, las burlas. Llega el miedo de salir a la calle, de ir a trabajar, de explicarle algo a los hijos. Llega el daño que no se ve, pero pesa.
Las redes no miden proporciones. No distinguen errores de delitos, ni rumores de hechos. Castigan todo con la misma intensidad. No hay derecho a defensa ni a explicación. No hay perdón ni olvido. Es una pena social sin fecha de vencimiento.
Mientras tanto, muchos aplauden. Sienten que están del lado correcto. Que participan de una causa justa. Pero rara vez se preguntan qué pasaría si la historia estuviera incompleta. O si mañana el nombre expuesto fuera el propio.
Así se deteriora algo básico; la idea de justicia. Cuando la multitud reemplaza a las instituciones, cuando el grito reemplaza al diálogo y la humillación reemplaza a la verdad, la sociedad retrocede. No hacia un lugar mejor, sino hacia el linchamiento.
No se trata de callar denuncias reales ni de proteger a quienes dañan a otros. Se trata de entender que exponer no es lo mismo que hacer justicia. Que la violencia digital también destruye vidas. Y que el daño, una vez hecho, no siempre se puede reparar.
En Roma, el espectáculo terminaba cuando caía la noche. Hoy, el circo no se apaga nunca. Sigue en línea, disponible, compartido, reproducido. Y mientras los pulgares siguen decidiendo desde la comodidad de una pantalla, alguien, en silencio, carga con una condena que jamás fue juzgada.
(*) Juez de Cámara de Responsabilidad Penal Juvenil de Catamarca. Profesor adjunto de Derecho Penal II de la Universidad Nacional de Catamarca. Miembro de la Mesa Nacional de Asociación Pensamiento Penal. Miembro del Foro Penal Adolescente de la Junta Federal de Cortes (Jufejus). Miembro de Ajunaf. Miembro de la Red de Jueces de Unicef. Miembro del Comité Panamericano de Jueces y Juezas de la República Argentina por la doctrina franciscana (Copaju). Miembro de la Red de jueces y juezas penales de la República Argentina.
