sábado, 12 septiembre, 2026
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El erotismo en la vejez: un cambio cultural en la forma de vivir la sexualidad

La idea de que el deseo sexual desaparece con la edad comienza a ser cuestionada. Especialistas, obras de ficción y figuras públicas visibilizan la sexualidad en la adultez mayor.

La noción de que el erotismo envejece pero no desaparece se consolida lentamente como una certeza cultural. El tabú que asociaba la vejez con la ausencia de deseo se resquebraja y expone una realidad: los adultos mayores pueden enamorarse, fantasear, buscar placer, iniciar nuevas relaciones y vivir su sexualidad con intensidad, aunque con otros tiempos y códigos.

La edad dejó de ser una frontera para el deseo. A los 60, 70 u 80 años ya no resulta extraño hablar de sexo, fantasías o nuevas parejas. Lo novedoso es que esas experiencias comienzan a ser narradas sin convertirlas en una excentricidad. El cuerpo adulto recupera un lugar que durante décadas le fue negado: el de un cuerpo sensual, atractivo y deseante. La sexualidad y la intimidad se redefinen con el paso del tiempo y muchas parejas mayores encuentran incluso mayor satisfacción que cuando eran jóvenes, entre otras razones, porque disponen de más tiempo, privacidad y capacidad para expresar lo que desean.

“Lo que estamos empezando a dejar atrás es la idea de que la sexualidad desaparece con los años”, explica la sexóloga y licenciada en Psicología Silvina Lizarraga (MN 40564) a NOTICIAS. “La sexualidad en los adultos mayores siempre existió, pero durante mucho tiempo fue invisibilizada. Culturalmente nos costó mucho aceptar que un cuerpo envejecido sigue siendo un cuerpo que desea y que también puede ser deseado, y esto fue particularmente fuerte en el caso de las mujeres”.

La transformación también está vinculada con una generación que llegó a la adultez mayor después de haber protagonizado la revolución sexual de los años 60 y 70. Los baby boomers modificaron la relación entre sexo, matrimonio y reproducción y ahora trasladan aquella libertad a otra etapa de la vida. No se trata de comportarse como jóvenes eternos. El desafío es aceptar que el sexo después de los 60 puede tener otros ritmos, otras formas y otras prioridades.

Moria Casán y Fernando Galmarini son una de las expresiones más visibles de esta nueva mirada. Ella, activa a sus 80 años; él, político, a sus 83 reconoce haber encontrado el amor más sabio. Su relación no aparece como una última oportunidad sentimental antes del retiro, sino como un vínculo amoroso y pleno. Ambos hicieron de esa relación una experiencia pública, sin ocultar que el deseo también forma parte de ella.

El cambio cultural consiste en quitarle excepcionalidad a estas relaciones y hacerlas normales, como parte de un paisaje que puede incluir parejas de adolescentes o de mediana edad. Si para el amor no hay edades, para el sexo tampoco.

Claro que el cuerpo cambia. Puede haber dificultades de erección, modificaciones hormonales, menor lubricación, enfermedades o medicamentos que afecten la respuesta sexual. Pero el deseo no desaparece necesariamente. Puede desplazarse hacia las caricias, los besos, la sensualidad, las fantasías, la masturbación, el juego, la conversación o una intimidad menos pendiente del rendimiento. “El fin de este tabú también nos permite ampliar nuestra idea de sexualidad: dejar de pensarla exclusivamente desde la penetración, la erección o el orgasmo, para recuperar el erotismo, las fantasías, el contacto, la sensualidad y todas las formas posibles de placer”, explica Lizarraga.

La especialista también advierte que terminar con el tabú no significa crear una nueva obligación. “Esto no significa instalar un nuevo mandato según el cual a determinada edad hay que seguir teniendo sexo. Se trata justamente de lo contrario, de poder vivir la sexualidad como cada uno quiera, si quiere y de la manera que quiera”. La libertad y el cambio de época residen precisamente en poder elegir.

Esa conciencia del tiempo puede modificar profundamente la experiencia. A los 20 o 30 años el deseo suele convivir con la urgencia, la conquista y la experimentación. Después de los 60 puede existir una relación diferente con el reloj. Hay menos necesidad de demostrar, más conocimiento del propio cuerpo y, muchas veces, una conciencia más nítida de que la vida no es infinita. La intimidad puede volverse menos vertiginosa y más selectiva; el encuentro, menos preocupado por cumplir expectativas y más atento al placer.

Pacho O’Donnell también cuestionó la idea del adulto mayor como un ser asexuado. En sus reflexiones sobre la vejez reivindicó la posibilidad de continuar teniendo sexo y señaló que, con los años, la experiencia puede apoyarse más en el juego, el tiempo, la ternura, la espera y la caricia. La sexualidad no desaparece, se transforma.

La literatura también ha contribuido en los últimos tiempos a desarmar la idea de que el deseo tiene fecha de vencimiento. Las historias de amor protagonizadas por personas mayores abren un territorio que ya no necesita justificaciones. La publicación de “Sin canje”, la nueva novela de Silvia Plager (madre de la periodista Débora), se inscribe en esa transformación. A los 83 años, la escritora narra el apasionado romance entre Laura, de 65, y su vecino, una década mayor, y se propone abordar su intimidad con verosimilitud, sin convertirla en una rareza ni en un motivo de condescendencia. Bajo esa mirada, el libro explora el deseo, la soledad y la posibilidad de volver a amar cuando la vida parece haber dejado atrás ciertas expectativas.

Lo mismo en el cine. Distintas películas reivindicaron la sensualidad de los cuerpos adultos y hasta muestran que el amor, las fantasías y la intimidad no desaparecen con los años. En «Calle Málaga», de Maryam Touzani, Carmen Maura interpreta a una mujer de 79 años que, mientras lucha por conservar su casa en Tánger, vuelve a encontrarse con el amor. La película incluye un desnudo integral de la actriz, el primero de su carrera, y escenas de intimidad con un hombre de su edad. Touzani explicó que buscaba mostrar la belleza de los cuerpos que envejecen. En “Buena suerte Leo Grande” Emma Thompson encarna a una mujer mayor que decide explorar a fondo su sexualidad. También “Wolke 9”, del alemán Andreas Dresen, mostró el deseo entre una mujer mayor y un hombre de 76 años, incluidos sus encuentros sexuales.

“Estoy segura de que nunca se acaba ese sentimiento llamado deseo”, sostiene Plager. Para la autora, la creatividad y la imaginación permiten sostener o emprender una relación sexual a cualquier edad. También advierte que trivializar el sexo en la “sexalecencia” no convence a nadie: «Tomarlo en serio es una forma de devolverle dignidad a quienes todavía desean, se enamoran y buscan sentirse vivos».

La doctora en filosofía y escritora Esther Díaz representa una ruptura más radical. A los 86 años convirtió el deseo en una parte explícita de su pensamiento y de su vida pública. En ella, hablar de sexualidad en la vejez no es una provocación sino una forma de cuestionar los mandatos que durante décadas determinaron qué podía sentir una mujer después de la menopausia. Su discurso instala una pregunta incómoda pero vital: ¿por qué una etapa que puede otorgar mayor libertad debería ser entendida como el comienzo del final?

Lizarraga observa que incluso hoy persisten diferencias. Los hombres mayores consultan con frecuencia por problemas de erección, condicionados por un modelo sexual basado en el rendimiento. Las mujeres, en cambio, comienzan a animarse cada vez más a preguntar y a descubrir posibilidades que permanecieron silenciadas durante décadas. El problema aparece cuando ellas intentan ampliar su experiencia y se encuentran con hombres aferrados al viejo esquema de que sexo equivale exclusivamente a erección, penetración y orgasmo.

Por eso la imaginación adquiere un papel central. La sexualidad adulta puede necesitar más tiempo, comunicación, confianza y creatividad. Puede haber parejas que mantienen casas separadas, vínculos que nacen después de una viudez o un divorcio, amantes que se descubren a los 70, personas que recuperan el placer después de décadas de matrimonio o quienes sencillamente eligen no tener sexo. Todas esas posibilidades forman parte de una sexualidad adulta que no necesita parecerse a la juvenil para ser verdadera.

La nueva longevidad tampoco debería convertirse en una carrera por demostrar vitalidad. El desafío no es llegar a los 80 comportándose como si se tuvieran 40, sino aceptar que los 80 pueden ser años de plenitud y actividad con otros cuerpos, otros intereses, otras velocidades y otra relación con el tiempo. La intimidad puede ser más pausada, pero no por eso menos intensa.

El erotismo, finalmente, no tiene fecha de vencimiento. Puede cambiar de lenguaje, de frecuencia y hasta de intensidad, pero no desaparece mientras existe el deseo. También existe una forma de seguir vital frente al paso del tiempo.

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