Un recorrido por la historia de los arrieros diaguitas en Catamarca, su vínculo con la cordillera y el legado del apellido Monroy.
El viento frío no sopla, ruge. Pero para un Monroy, ese rugido no es una amenaza; es una voz conocida, el eco de los abuelos que aprendieron a leer la montaña antes de que existieran los mapas. Según crónicas, el apellido Monroy proviene de arrieros diaguitas, un relato que une la arcilla diaguita con los cascos de las mulas que abrieron la cordillera.
La historia no comenzó en los papeles de los escribanos coloniales, sino mucho antes, cuando el Valle Calchaquí y las faldas de Tinogasta eran custodiados por los antiguos. Monroy lleva el pulso de los arrieros diaguitas, hombres que fundieron la resistencia de la piedra nativa con el oficio integrador del camino. No eran simples pastores de vicuñas y llamas; eran los baqueanos esenciales, los únicos capaces de mirar el cielo andino y saber con precisión cuántas horas de tregua les daría el temporal antes de desatar el temido viento blanco.
Imagínelo así, en un verano cualquiera, en algún rincón de la Ruta del Adobe. El alba en Tinogasta todavía es de un azul frío y profundo. El olor a jarilla quemada y café de olla inunda el puesto de piedra. Un Monroy ajusta la última cincha de la mula madrina, cuyo cencerro tintinea quebrando el silencio de la madrugada. En las alforjas no solo hay avío para la supervivencia —harina de algarroba, patay duro, un pedazo de charqui y una dosis de aguardiente de algarroba para calentar el pecho en las cumbres—, hay también el pulso de una economía viva: ganado en pie, pasas y el sueño de regresar de Copiapó con divisas o alguna pepena de oro chileno.
La Conquista de las Alturas
El viaje hacia la Región de Atacama era una procesión de coraje. La recua avanzaba lentamente, dejando atrás Medanito y Saujil, internándose por las gargantas de Cortaderas y Las Peladas. Al frente, el arriero diaguita; sus ojos, entornados por el sol encandilante de los nevados, reconocían cada apacheta, cada tecorral y cada refugio de adobe construido a fuerza de pulmón y herencia.
Cuando la tormenta acechaba a más de cuatro mil metros de altura, en la inmensidad del Paso de San Francisco, el arriero Monroy no temblaba. Se refugiaba en los puestos de Pastos Largos, allí donde las paredes de piedra hablan de los que pasaron antes. Mientras el ganado se amontonaba buscando calor, compartían una mazamorra con arrope bajo el techo de paja y barro, escuchando las historias de los leñadores, los mitos de la luna y el sol, y los ecos de la tierra que quedaba abajo.
Esos arrieros eran el puente entre dos mundos separados por gigantes de roca. Cruzaban los nevados desafiando a la muerte, no por ambición, sino porque el movimiento y el intercambio estaban grabados en su matriz diaguita. Cada regreso a Catamarca era una fiesta de reencuentros y de relatos que se transmitían junto al fogón. En algún momento pasaron a Belén y luego a San José, hasta Santa María y, según las crónicas, el resultado de esos hombres que domesticaron los senderos más altos del mundo. Dicen que el apellido es huella, es cordillera, y es el eco eterno de los arrieros que supieron unir la tierra con el cielo.
