“Producir una obra de estas características en Argentina hoy es también una declaración cultural. Es apostar a la música en vivo, a una orquesta en escena, a un elenco amplio, a un trabajo cooperativo. Es creer que el teatro sigue siendo un espacio de encuentro real”, dice Nicolas Crespo, quien ideó y compuso la música de “Francisco, el Papa del fin del mundo”, con libro y letras de Leo Schmit, dirección general de Luján Zalazar, que se en formato de musical, concierto sinfónico y orquesta en vivo se presenta el 24 de marzo en el Teatro Picadero.
El concierto contará con la participación de Alito Gallo Gosende, Flor Barisone, Chiara Rodó, Marian Lorena Vázquez, Xixi Padilla, Joa de León, Lucas Rach, Miqueas Peralta, Maxi Areitio y Milena Cinosi. Conversamos con Crespo.
Nicolás Crespo: La idea nació de una experiencia muy personal. Durante el verano de 2025, cuando Francisco atravesó un período delicado de salud, estuvo muy presente en mi día a día. Todos los días buscaba información sobre cómo evolucionaba, algo que incluso a mí me sorprendía, porque no era un seguidor activo suyo. Había algo que me movilizaba y no sabía bien qué era. No era fanatismo, era inquietud. Casi como una sensación de llamado. Yo venía desde hacía tiempo con el deseo de escribir sobre un personaje histórico argentino, pero no encontraba a quién. Después de su fallecimiento entendí que era él. Fue una toma de conciencia muy clara.
N.C.: No es el líder religioso en sí mismo sino el hombre atravesado por decisiones difíciles, por contextos complejos, por tensiones reales. Francisco fue una figura que generó diálogo, conflicto, esperanza y discusión. Y el conflicto humano es materia teatral. Su legado, desde mi mirada, tiene que ver con haber puesto en el centro la dignidad del otro, incluso cuando eso incomodaba estructuras. Esa tensión entre institución y conciencia es profundamente dramática.
P.: La música es el corazón de la obra, pero lo más interesante de este emblema es su historia. ¿Cómo se construye ese devenir de acontecimientos en el musical?
N.C.: La historia es el marco, pero la música es el pulso. Para mí, la música es la forma en la que el alma se expresa cuando el lenguaje racional no alcanza. El devenir de los acontecimientos no está planteado como una enumeración biográfica. No es una sucesión de fechas. Es una construcción emocional. Cada momento histórico se traduce en una atmósfera sonora distinta. Cuando el mundo está en crisis, la armonía se vuelve tensa. Cuando el personaje duda, la música pierde estabilidad. Cuando aparece la dimensión espiritual, la orquesta respira con mayor amplitud. La música no acompaña la historia: la interpreta. La transforma en experiencia sensible.
P.: ¿Qué recorrido hace el espectáculo desde la vida de Jorge Mario Bergoglio, sus conflictos, su espiritualidad y su dimensión social?
N.C.: El espectáculo comienza con el nacimiento de Jorge Mario Bergoglio en 1936, situando inmediatamente el contexto sociopolítico mundial y argentino. Venimos del final de la Primera Guerra Mundial, el mundo está al borde de una nueva gran guerra, y en Argentina se vive la llamada “década infame”, con una profunda inestabilidad política y social. Nos interesaba dejar claro desde el inicio que Francisco no nace en el vacío: nace en un mundo convulsionado. Esa tensión histórica es el primer latido del espectáculo.
A partir de ahí, el recorrido atraviesa su juventud, el llamado vocacional, sus años de formación y los momentos de crisis personales y sociales. Aparece la Argentina atravesada por conflictos profundos, la dictadura, los dilemas morales, la responsabilidad pastoral y la tensión entre obediencia y conciencia.
También se aborda su vínculo con figuras como Esther Ballestrino, que plantean dilemas humanos y éticos fuertes, y su dimensión social: el trabajo en los barrios, el contacto con los sectores marginados, la construcción de una pastoral cercana.
P.: El hilo conductor sin embargo no parece ser la cronología sino el conflicto interior, que es materia dramática.
N.C.: La obra muestra a un hombre enfrentado a la duda, a la pérdida de paz, al miedo y a la necesidad de tomar decisiones difíciles. Es un recorrido espiritual, pero profundamente humano y político en el sentido más amplio del término.
P.: De las series, documentales y películas que hubo sobre su vida, ¿cuál te interesó más y cómo se nutrieron para escribir este musical?
N.C.: La serie que más dialoga con nuestra mirada es Llámame Francisco, porque aborda los conflictos históricos con profundidad dramática y contexto político. Sin embargo, nuestra obra no es una adaptación ni una reinterpretación directa de ningún material audiovisual. Nos nutrimos de entrevistas, textos, discursos y del propio pensamiento de Francisco.
Lo que más nos interesó fue comprender su mirada, su forma de pensar el poder, la fe y la responsabilidad. A partir de ahí construimos una dramaturgia y una propuesta musical originales. La intención fue alejarnos del tono documental y construir una experiencia teatral con identidad propia.
P.: ¿Cómo pensaron la puesta desde las áreas artísticas? ¿Cómo se construye desde lo actoral este personaje?
N.C.: La puesta está pensada desde la síntesis y el símbolo. Una cruz como eje visual, una orquesta típica de tango en escena y un espacio abierto donde el actor pueda respirar.
No buscamos reconstrucción histórica realista. La narrativa visual se sostiene desde la luz, la música y la composición corporal. Desde lo actoral no trabajamos la imitación. No se trata de copiar gestos o tonos de voz, sino de comprender la interioridad del personaje: su silencio, su contradicción, su humanidad. Hay dos Franciscos en escena —uno joven y uno adulto— que dialogan entre sí. Esa decisión permite mostrar el paso del tiempo como un diálogo interno. Es casi como si el hombre que fue y el hombre que será se observaran mutuamente. La música en vivo sostiene esa construcción, porque entendemos que muchas veces el alma se expresa mejor cantando que hablando. En un contexto social y económico complejo,
P.: ¿Qué sentido tiene hacer hoy un musical sobre Francisco?
N.C.: El teatro siempre dialoga con el presente, incluso cuando habla del pasado.
Hacer hoy este musical no es mirar hacia atrás con nostalgia, sino preguntarnos qué hacemos con el conflicto, con el poder, con la responsabilidad individual.
En un momento donde el debate público suele volverse extremo y fragmentado, contar la historia de alguien que atravesó tensiones profundas y eligió el diálogo como herramienta me parece significativo. Además, Si el público sale del teatro con una pregunta más que con una certeza, entonces el espectáculo ya cumplió su función.
