domingo, 18 enero, 2026
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Mi bisabuelo, Celso Reyes

En el Santa María de los salones y los brindis, pocos saben que la luz no nacía de los cables, sino del sudor de un hombre y el lamento de un carro. Celso Reyes, el carrero, mi bisabuelo, él era el pulso vital de un pueblo que ignoraba su nombre mientras encendía sus lámparas.

Cada día, Celso desafiaba la distancia entre el monte de El Puesto y la Usina de los Herrero. Lo hacía sobre un carro de ruedas de hierro, un estrépito de metal contra la tierra que marcaba el ritmo de una vida de sacrificios. Si Celso Reyes no llegaba, Santa María se apagaba. Así de poderosa y así de silenciosa era su importancia.

El Linaje de las Manos Heridas

La historia de los Reyes no se escribió con pluma, sino con hacha. Celso traía consigo las cicatrices de una infancia robada allá en Las Cuevas, luego venido a Agua Amarilla, donde la servidumbre se disfrazaba de destino, a El le tocó ser Mozoimano de los Vargas una familia acomodada de Santa María. Pero su mayor tesoro y su mayor ejército, fueron sus hijas mujeres: María, Antolina, Milagro y Ana Paulina: las hacheras. Mujeres que no conocieron la delicadeza de los encajes, sino la dureza del algarrobo.

Cargaban al hombro troncos que parecían montañas, con las manos rotas y el cuerpo ajado, con hambre, pero alimentando aquel carro que llevaba la energía a un pueblo que nunca las vio.

Yo tengo la Herencia del Silencio: mi abuela, mi madre que me crió, María Reyes, entregó su vida a esa madera. Murió con el cuerpo marcado por el rigor del monte, una heroína sin medallas que se fue en silencio, como se van los que de verdad sostienen el mundo.

La riqueza no fue el oro para mi bisabuelo Celso, sino un caballo blanco viejo pero cuyo nombre debía llevar el impuesto por su Patrón, irónicamente le pusieron como yugo a sus pesares «El Radical» no podías oponerte en aquellos tiempos o eras corregido a latigazos por el Patrón.

La única dignidad de mi bisabuelo es haber atravesado los cerros y los largos y desafiantes caminos a Bolivia sin doblegarse ante el maltrato. Hoy, mientras el tiempo intenta borrar las huellas de aquel carro de madera y hierro que aún perdura en la Escuela 363 de El Puesto y una canción de los Hermanos Sánchez, marcan quizás como única huella del olvido y que rescatan su nombre.

¿Por qué escribo la historia aquí de mi bisabuelo? Por memoria y porque la historia grande no la hicieron solo los que posan en los retratos, sino los invisibles como Celso Reyes y sus hijas: los que, viviendo en la oscuridad y el rigor, fueron los únicos capaces de traer la luz. Es una historia poderosa y necesaria para la identidad de Catamarca que aún como otras historias, no esta escrita.

En memoria de Celso Reyes

El carrero de Santa María.

¡Sí Él, el esclavo de una familia que nunca tuvo infancia solo desafíos, gritos y azotes!…

A quien, con su carro de hierro y su paso cansino, trajo desde el monte de El Puesto la leña que encendió la primera luz de nuestro pueblo.

A sus hijas, las hacheras María, Antolina, Milagro y Ana Paulina, cuyas manos lastimadas y espaldas curtidas cargaron el peso de una historia que pretendió olvidarlas.

Porque no hay luz en los salones que no haya nacido antes, del sudor de los humildes…

(*) Texto extraído de su perfil de Facebook.

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