Hay pueblos que crecen, se transforman y se proyectan hacia el futuro sin perder su identidad. Y hay otros, como La Puerta, en el departamento Ambato, de nuestra provincia, que parecen haber quedado atrapados en una pausa interminable, como si el reloj se hubiese detenido hace décadas.
Resulta imposible no sentir nostalgia —y también tristeza— al recorrer cada año este lugar que debería ser, especialmente en época de verano, un destino turístico de renombre. Lo digo no solo como observadora, sino como nieta, bisnieta y tataranieta de personas que vivieron, trabajaron y construyeron esta tierra. Ver cómo La Puerta no logra desarrollarse duele, porque el potencial está ahí, intacto, esperando ser valorado.
La Puerta es hermosa por naturaleza. Sus paisajes montañosos, verdes y abiertos, abrazan un río caudaloso que bien podría ser considerado el más bello de todo Ambato. Su producción local —nuez, membrillo y frutales como durazno, ciruelo, tuna, entre otros— habla de una tierra fértil y generosa. A eso se suma una riqueza patrimonial y cultural invaluable, cargada de historia, de símbolos y de memoria colectiva.
Sin embargo, gran parte de ese patrimonio fue deteriorándose con el paso del tiempo. Peor aún: muchos de sus símbolos fueron directamente demolidos, sin comprender —o sin querer comprender— el valor inmaterial, sentimental e identitario que representaban. Estatuas de la plaza principal que honraban a generaciones pasadas desaparecieron como si fueran un estorbo, no un legado.
A la par, se tomaron decisiones que parecen improvisadas y carentes de planificación. Árboles autóctonos, sauces históricos, fueron arrancados de raíz para crear una supuesta costanera, ejecutada sin estudios serios de impacto ambiental ni análisis de las crecidas del río. El resultado no fue progreso, sino una herida más al paisaje y al equilibrio natural del lugar.
También se encuentra en franco declive la cultura del trabajo agrícola, que durante generaciones sostuvo a la comunidad. No hay incentivos reales para que los jóvenes continúen las tradiciones de sus ancestros: la cosecha, la elaboración de dulces caseros, el trabajo de la tierra. Así, se pierde no solo una economía local, sino una identidad que se apaga lentamente.
La contradicción es evidente: La Puerta es un lugar de ensueño, con condiciones ideales para convertirse en un destino turístico de primer nivel, incluso con proyección internacional. Pero no cuenta con infraestructura ni espacios adecuados para recibir visitantes. Existe apenas un emprendimiento privado capaz de ofrecer turismo de cierto nivel, mientras que los balnearios públicos, donde muchos buscan simplemente pasar una tarde junto al río, se encuentran en un estado deplorable.
Podría seguir detallando, minuciosamente, cada aspecto que necesita mejorar para que La Puerta despegue, crezca y se proyecte. Pero el problema de fondo es más profundo y doloroso: la corrupción, la falta de visión, de interés y de compromiso de quienes están al frente de la administración. Esa desidia es la que mantiene al pueblo estancado, desaprovechando todo lo que podría ser.
La Puerta no necesita milagros. Necesita planificación, respeto por su historia, cuidado del ambiente y una mirada a largo plazo. Necesita dirigentes que entiendan que gobernar no es destruir ni improvisar, sino preservar, potenciar y soñar en grande. Porque cuando un pueblo deja de proyectarse, no solo pierde oportunidades: pierde futuro.
(*) Ciudadana con arraigo
