El genocidio en curso contra el pueblo palestino se ha vuelto imposible de ocultar. Las imágenes de destrucción, hambre forzada y asesinatos colectivos circulan a diario por las redes sociales, revelando al mundo, en tiempo real, la brutalidad de una masacre que ya no puede ser disimulada por discursos oficiales. Los propios soldados israelíes filman y difunden sus crímenes de guerra como si la violencia contra civiles indefensos fuera motivo de celebración.
Sin embargo, como ya ocurrió en otros momentos de violaciones masivas de derechos humanos, la forma en que se divulgan esas informaciones no es neutral. Los grandes medios y organismos internacionales no solo fallan en denunciar, sino que muchas veces legitiman y reproducen la narrativa de los perpetradores, disfrazando el genocidio de normalidad.
En el pasado, muchos se preguntaron cómo pudo el pueblo alemán permitir las atrocidades cometidas durante la Segunda Guerra Mundial frente a tantas señales evidentes. Hoy, esa pregunta regresa con aún más urgencia: en una época en la que cualquiera puede ver las imágenes de la destrucción palestina, ¿cómo es posible que el genocidio siga siendo permitido?
Autocensura y miedo: las ONG frente a Israel
Un reciente informe de Deutsche Welle expuso la forma en que Israel controla no solo la entrada de ayuda humanitaria a Gaza, sino también la narrativa construida por las organizaciones internacionales. Según el reportaje, muchas ONG han adoptado una postura de autocensura deliberada, evitando palabras como ocupación, crímenes de guerra, atrocidades, responsabilización, crímenes de lesa humanidad o asedio. Términos centrales para describir la realidad palestina han desaparecido de sus comunicados oficiales.
La justificación es clara: el miedo a represalias por parte de Israel. Funcionarios de estas organizaciones reconocen que cada declaración pública debe ser cuidadosamente evaluada y, en muchos casos, reescrita antes de ser difundida. Para ellos, la prioridad es mantener la posibilidad de operar dentro de Gaza, aunque eso implique suavizar u omitir la gravedad de la situación. Después de todo, el acceso solo es autorizado si las ONG aceptan las reglas impuestas por Israel, que incluyen la entrega de datos sobre sus propios trabajadores palestinos.
Como resumió la DW: “Las organizaciones internacionales esperan que su silencio les permita llegar a las víctimas. Pero, ¿realmente está funcionando?” La respuesta parece evidente. A pesar de la autocensura y del esfuerzo por mantener un tono “aceptable” para Tel Aviv, la realidad en el territorio ocupado no hace más que empeorar.
Paradójicamente, el silencio que supuestamente debía garantizar presencia y protección se convierte en complicidad involuntaria, mientras el genocidio avanza frente a los ojos del mundo.
El silencio editorial ante el horror
Ocultar o diluir hechos en noticias y comunicados no es ninguna novedad cuando se trata de crímenes de esta magnitud. Un ejemplo emblemático es la cobertura realizada por el New York Times durante la Segunda Guerra Mundial, analizada por la periodista estadounidense Laurel Leff en su investigación.
Aunque el diario publicó casi 1.200 artículos sobre el Holocausto, solo 26 de los 24 mil que aparecieron en portada durante ese período trataron el tema de manera directa. De ellos, apenas seis dejaron claro desde el inicio que los judíos eran las víctimas centrales.
Además, los relatos sobre los campos de exterminio y las atrocidades nazis eran relegados con frecuencia a las últimas páginas, un espacio de baja visibilidad y escaso impacto. Como señalan especialistas, el lugar que ocupa una noticia en un periódico es un fuerte indicador de la importancia que la redacción le atribuye al tema y, en este caso, el mensaje fue claro.
Entre el horror y la indiferencia
El genocidio en Gaza llega a las pantallas del mundo con imágenes brutales de niños amputados sin anestesia, padres cargando los cuerpos de sus hijos, ciudades enteras reducidas a escombros. Ese primer impacto provoca indignación, pero la repetición constante y sin mediación genera también el efecto contrario, una mezcla de anestesia e impotencia.
Estamos frente a una paradoja propia de la hiperinformación, donde la exposición incesante a escenas de carnicería, presentadas de manera cruda, sin análisis ni contexto y sin siquiera una mínima declaración que otorgue sentido al horror, termina saturando la sensibilidad colectiva.
En ese punto, el rol del periodismo, de las organizaciones de derechos humanos y de los analistas críticos debería ser el de convertir datos e imágenes en conciencia, vinculando el horror con la responsabilidad y la urgencia de una respuesta.
Sin embargo, ese proceso de dar sentido a lo que se ve está siendo bloqueado por dos fuerzas complementarias: Por un lado, la censura ejercida por Estados y grandes medios de comunicación que moldean el discurso público y fijan los límites de lo decible. Por otro, la autocensura practicada por ONG y profesionales que, ante el temor a represalias o a perder acceso al territorio, suavizan su lenguaje y omiten la gravedad de los hechos.
Nombrar un genocidio como genocidio no es solo un acto semántico, es asumir la responsabilidad de explicarlo y, así, enfrentarlo. Precisamente eso es lo que muchos intentan evitar. Cuando se le quita a las imágenes su marco político, el sufrimiento palestino queda reducido a mero espectáculo, despojado de sentido y de consecuencias.
¿Qué tan lejos queda Palestina?
La respuesta incómoda. En el mapa, Palestina puede parecer lejana. Pero en la práctica, nada de lo que pasa allá queda aislado.
Las armas producidas y comercializadas por Israel, presentadas como “probadas en combate”, es decir, probadas sobre cuerpos palestinos, circulan hoy en manos de policías y ejércitos de distintos países. Mekorot, la empresa responsable del apartheid hídrico en Palestina, ya opera en trece provincias argentinas. Los sistemas de vigilancia y espionaje fabricados en Israel son comprados por gobiernos y utilizados contra trabajadores y movimientos populares.
Hace menos de cincuenta años, en América del Sur, dictaduras militares desaparecieron, torturaron y asesinaron a miles de personas. Solo en la Argentina fueron treinta mil. Las atrocidades que vemos hoy, a medio mundo de distancia, son algo similares a las de nuestro pasado.
Por eso, no, Palestina no está lejos. En verdad, está terriblemente cerca.
Movilización internacional contra el genocidio
Los días 31 de agosto y 4 de septiembre se lanzará la Global Sumud Flotilla, considerada la mayor misión humanitaria por mar de la historia reciente. Más de cincuenta embarcaciones, con participantes de al menos 44 países, partirán desde Barcelona, Túnez y Sicilia con el objetivo de romper el bloqueo genocida impuesto a Gaza.
Cele Fierro, diputada por el Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST) y el FIT Unidad, formará parte de la Flotilla y ya se encuentra en Barcelona. Se sumará a esta acción internacionalista fundamental que busca enfrentar directamente el genocidio. “Estoy por embarcarme en uno de los viajes más importantes de mi vida, una acción internacionalista necesaria que pretende poner fin al bloqueo impuesto por el Estado de Israel al pueblo palestino”, declaró Cele en sus redes sociales.
En todo el mundo, las manifestaciones de apoyo a Palestina continúan en aumento, mostrando una solidaridad creciente frente a la violencia y el genocidio que se desarrolla en Gaza.
Marcela Gottschald