viernes, 19 julio, 2024
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Un encuentro de dos mundos completamente opuestos

“Nada hay en el mundo más noble y raro que una amistad verdadera”

Oscar Wilde

Una inminente amistad se da entre un joven porteño y un hombre mayor que reside en un pueblo ubicado en la provincia de Santa Fe. Este encuentro trascendental en sus vidas los irá poniendo a prueba constantemente, proyectando un fuerte sentimiento de afecto y un gran aprendizaje de vida. Las diferencias en formas, modos, ideologías e idiosincrasia generan una inevitable manera de pensarse nuevamente a uno mismo. Este encuentro explosivo, entre dos mundos completamente opuestos, despierta viejos miedos, inseguridades y enredos, que terminarán exponiendo aspectos frágiles de sus personalidades. La exploración de un mundo ajeno traerá para ambos una conclusión: hay que vivir el “aquí y ahora”. 

Escribir Wonder Boy fue una experiencia nueva y enriquecedora para mí. No solo porque fue la primera obra que escribí, sino también por el momento que estaba atravesando en esa etapa de mi vida. Fue en el año 2020, en plena pandemia, cuando tuve la oportunidad de realizar un taller de dramaturgia con mi docente y amiga Valeria Di Toto, a quien debo agradecer por motivarme a incursionar en algo nuevo en un momento tan desolador. Gracias a eso pude olvidarme un rato del encierro y escaparme por el monitor a un mundo paralelo, que me permitiera exorcizar frustraciones y hacer una sana catarsis. Fue entonces cuando los personajes y su historia comenzaron a florecer y a reflejar poco a poco una fuerte manifestación de mi inconsciente: “Mi obra hablaba de la amistad, les estaba escribiendo a mis amigos”. Esta reflexión apareció como una verdad rotunda en ese momento. Quizás porque los extrañaba, quizás porque no podía verlos o quizás porque en esos tiempos necesitaba tenerlos cerca, más que nunca. 

Para poder transformar lo escrito en teatro necesitaba un equipo, y la amistad volvió a aparecer como respuesta. Diría que fue el motor de acción y búsqueda que el material requería. Sebastián Dartayete y Guido D’Albo no solo son excelentes actores con mucha trayectoria y talento, también son amigos de la vida con los que comparto anécdotas, viajes y pasión por el teatro. Por eso creo que en el proceso creativo tuvimos una gran ventaja los tres. Desde el primer momento sabíamos que nuestro vínculo sería el punto de partida para encontrar el espíritu y el corazón de la obra. Esa siempre sería nuestra brújula para encontrar aquello que debíamos contar. La aparición de Emilio Zineron para completar el equipo fue fundamental. Haber hecho un nuevo amigo en este proyecto seguramente sea la simbología perfecta para que el círculo se cierre a la perfección. Así fue que entre los cuatro pudimos construir paso a paso una dinámica de equipo productiva y efectiva que nos permitió crecer a pasos agigantados. Partiendo de mates, risas, charlas y juegos, creamos el ambiente perfecto para poder estar distendidos, relajados y por sobre todas las cosas creativos. Vieja y desdibujada quedó aquella versión de la obra escrita en la pandemia. “El teatro es movimiento”, y no hay nada más importante que estar permeable al cambio constante y poder disfrutar al máximo de la transformación que acontece a cada ensayo. La mutación de lo que escribí a lo que hoy en día presentamos en escena no puede dimensionarse en palabras. Ni tampoco creo poder explicar lo que sentimos durante nuestra creación colectiva. Pero si puedo invitarlos a venir al teatro. Quizás así puedan darnos una oportunidad de hacerles llegar aunque sea una parte de todo ese sentimiento y esa pasión que nos trajo compartir lo que amamos entre amigos. Quizás así puedan compartir con nosotros un momento para resignificar nuevamente la amistad, como un misterio que no comprende de formas, etnias, géneros o edades. Como un refugio invaluable.

*Autor de Wonder Boy.

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