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Karma histórico: la tentación de arbitrar entre consumo y exportación

Hay que tratar de juntar paciencia para volver a explicar lo que ya todos sabemos, salvo el flamante secretario de Comercio Interior, Roberto Feletti, el legislador Carlos Heller y algunos más que insisten con la idea del “desacople”. Es el experimento K de hace quince años, cuando a través de los derechos de exportación (las consabidas retenciones) se intentó despegar a los precios internos respecto de las cotizaciones internacionales.

La teoría se llevó a la práctica con los principales productos del campo. Detrás del disfraz de “la mesa de los argentinos” se ocultaba la intención principal, que era capturar la renta agrícola y destinarla a fines más plausibles para el gobierno. Por ejemplo, sostener el gasto político, que incluye los recursos necesarios para capturar la voluntad popular. “Platita” que le dicen.

Iban por todo y los frenó la movilización del campo con el estruendoso fallido de la Resolución 125. Pero allí quedaron. Y allí quedaron también las esquirlas de la otra estrategia desacopladora: la prohibición de las exportaciones de carne vacuna, luego convertidas en una cuotificación administrada.

Digamos todo: a la restricción de los embarques decidida en su momento por la dupla Kirchner/Moreno, se sumó una espantosa sequía que diezmó los campos de pastoreo. Una combinación letal, que terminó con un achicamiento obsceno del stock bovino. Se estaba llegando a las 60 millones de cabezas y bajó a 50. Perdimos 10 millones de vacunos, y en proporción lo que más se achicó fueron las existencias de vientres. Eso es lo que estamos pagando hoy, cuando hay una estridente escasez de carne y el gobierno se siente tentado, de nuevo, a arbitrar entre consumo y exportación. Un karma histórico.

La vaca es como una máquina herramienta

El vientre es la máquina-herramienta de la cadena industrial de ganados y carnes. Son los tornos que convierten el sol, el agua y el suelo en terneros. Un proceso maravilloso de valor agregado, donde el ganadero opera como el organizador de una línea de montaje que funciona con robots inteligentes. Sin tener que gastar mucho en su formación, las vacas aprendieron hace muchos años a crecer y multiplicarse. Cuando están en edad de merecer, se alzan. El toro se aviva, le descubre el celo, la ve receptiva y le asesta un escopetazo certero en una relación consentida.

A los nueve meses, nace el ternero. Del pasto a un ser vivo, que aprende a respirar ayudado por su madre. Que se come la placenta y le da el calostro, protegiéndolo de los primeros ataques bióticos. Después, lo amamanta durante seis u ocho meses, lo que determine el productor, que sigue atenta y apasionadamente su evolución hasta el destete.

Después vienen la recría y finalmente la terminación, a campo o a corral, en un proceso que viene acumulando sapiencia desde el hombre de las cavernas, que pintaba toros. Pero en estas pampas se sabe mucho de esto. Basta leer las “Instrucciones para los Mayordomos de Estancias” del rico hacendado Juan Manuel de Rosas.

Pero hay un detalle interesante. A diferencia de otras industrias, en la actividad ganadera la máquina herramienta es también el producto final. Te lo explico: si tenés un torno que hace tornillos, y de pronto hay demasiados tornillos y no los podés vender, lo resolvés parando el torno o dedicándolo a otra cosa. Y si la cosa no mejora, se lo vendés a alguien que lo puede necesitar, por ejemplo, para hacer ejes. Mientras tanto, no necesita comer para mantenerse vivo.

La vaca es diferente. Si no hay mercado para el producto, o si no te dan las cuentas, hay que sacarla del campo porque mantenerla viva cuesta. Pero en esta situación nadie la quiere, así que la mandás a faena. Y el resultado de esta acción es que hay más carne en el mercado. La tormenta perfecta. Es la fase de liquidación.

El funcionario de corte populista se pone contento, porque la abundancia de oferta hace bajar los precios. Pan para hoy y hambre para mañana, pero eso le quedará al gobierno que viene. O, como dijo alguna vez Guillermo Moreno, nos comeremos hasta la última vaca. Fue lo que pasó en Cuba, donde hace tiempo se quedaron sin bovinos, vino el racionamiento y conseguir un pollo es un lujo que se celebra.

Lo que sucede ahora está además exacerbado por la inflación, la sensación de que “esto revienta y no hay que quedarse en pesos”. Como los animales alcanzan un peso de faena y hay que venderlos, los engordadores buscan terneros para reponer y mantener la rueda en marcha. El precio del ternero acaba de romper todos los récords históricos, lo que es una excelente señal de confianza sobre el futuro de la actividad.

El ministro de Agricultura, Julián Domínguez, había puesto una condición cuando aceptó el cargo, hace algo más de un mes: reabrir las exportaciones de carne. Se había logrado mejorar el clima de diálogo con las entidades de la producción y la industria frigorífica, con una buena expectativa de ampliación de los embarques. Ahora la estridencia de Feletti, apoyada por Heller y seguramente por buena parte de los economistas de La Cámpora, pone tensión en un momento en el que el horno no está para bollos.

Si bien el futuro de la actividad es brillante (un negocio que mueve 40 mil millones de dólares a nivel global, con todos los grandes actores internacionales operando a pleno), el riesgo de que prospere la visión tradicional mete mucho ruido en la cadena. Y esto se extiende al resto de las proteínas animales, ya que hay vasos comunicantes entre todas ellas. Un castigo a la actividad ganadera bovina incide en la industria avícola, porcina y de todo bicho que camina y va a parar al asador.

Ojalá que el agua no llegue al río.

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