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Pizzas, asados y discusiones en la Quinta de Olivos, con Cristina Kirchner al teléfono

Esta vez no hubo que mandar de apuro a ningún colaborador a una pizzería, como en la madrugada aciaga de las primarias, cuando Alberto Fernández llegó a la Quinta de Olivos y se enteró de que ya no había personal de cocina y que los delivery de la zona se habían quedado sin motos para el reparto. El domingo estaba la mesa puesta, con platos de madera, y un mozo se había quedado hasta tarde para servir las pizzas que habían elaborado en la residencia. El Presidente repitió el rito de invitar a cenar a sus colaboradores más fieles. Se sentaron a comer sobre la medianoche, cuando en el único televisor que estaba encendido ya se hablaba del caos que provocaba conseguir una entrada para Argentina-Brasil. Los invitados abandonaron entonces, solo por unos segundos, la charla electoral. Alberto se aflojó.

El primer mandatario transmitía que se había evitado una catástrofe política. El televisor de Olivos, ahora enfocado de nuevo en la transmisión electoral, parecía contradecirlo: el Gobierno perdía en las cinco provincias más grandes del país; perdía -salvo en Tierra del Fuego- en toda la Patagonia; salía tercero en Santa Cruz y perdía en La Pampa y Chubut, donde la expectativa era revertir el resultado de las PASO para que el peronismo no resignara por primera vez en su historia el quórum propio en el Senado. ¿Se evitó, de verdad, una catástrofe? “Es que pudo ser mucho más traumático. Podríamos estar hablando de ministros que se van, de un escándalo público con Cristina y hasta de Asamblea Legislativa”, describe uno de los funcionarios que se fue de Olivos cuando ya era lunes.

El sábado a la tarde, conjeturando sobre la pesadilla que asomaba, Fernández había convocado a varios de sus ministros. Repasó con ellos un catálogo de encuestas. El panorama en la provincia de Buenos Aires -que a esa altura era lo único que le importaba a la vicepresidenta- parecía más oscuro del que terminaría siendo. Del cúmulo de investigaciones que se analizaron solo una, acercada por Sebastián Galmarini, anticipaba una reducción en los porcentajes en ese distrito. Alberto se despidió de sus funcionarios con una frase: “Recémosle a San Sebastián”.

El mismo domingo, antes y después de que se abrieran las urnas, el primer mandatario se comunicó al menos tres veces con Cristina. Le avisó que iba a grabar un mensaje para difundir una vez que se conocieran los resultados de modo oficial. A Cristina le pareció oportuno. No es del todo cierto que ella lo felicitaría por sus palabras. Sería más preciso decir que consensuaron algunos tramos.

Fernández intenta modificar sus hábitos. No solo le anticipa a su aliada lo que va a decir, sino que prepara el texto para evitar quedar envuelto en polémicas evitables. Cuando se aparta del libreto falla, como se vería más tarde en el búnker de Chacarita. En el mensaje grabado se exhibió con gesto adusto, tono medido y con palabras exactas a las que había pensado porque las leyó de un Teleprónter, para alegría de su asesor Antoni Gutiérrez-Rubí, que participó de la confección del texto. En simultáneo, el catalán había intercambiado mensajes con Cristina. El contacto con ambos es frecuente. Lo hizo durante la campaña y en las últimas horas continuó haciéndolo desde Barcelona, donde volvió para visitar a su familia. Dicen que regresará pronto.

En el búnker reapareció el otro Alberto. Crispado, acelerado, propenso a la diatriba y a los falsos golpes de efecto, como cuando llamó a “festejar el triunfo como corresponde”. Su admirado Néstor Kirchner no se hubiera animado a tanto. En 2009, tras perder contra Francisco de Narváez, asumió la derrota y menos de 24 horas más tarde presentó la renuncia a la presidencia del PJ. Aquel año, el kirchnerismo ganó en 14 provincias. El domingo, solo en nueve.

Los brazos caídos de Máximo Kirchner en el escenario, mientras el resto de la dirigencia aplaudía, desnudaron el disconformismo de La Cámpora con la convocatoria a Plaza de Mayo, que se haría de la mano de la CGT, el miércoles. Máximo habló con Fernández para que el encuentro se suspendiera. La respuesta no fue positiva. Máximo masticó bronca. Los albertistas lo gozaron.

El diputado acumula pequeñas derrotas que inquietan a sus compañeros de ruta. Arrancó 2021 prometiendo que asumiría el PJ bonaerense. La rebelión de un solo intendente -Fernando Gray, de Esteban Echeverría que, es cierto, fue apoyado en las sombras por más de uno- se lo impidió. Se dijo entonces que asumiría en marzo, y en mayo se pateó para después de las elecciones. El año se esfuma. En el PJ clásico, que ahora encarna Juan Manzur, despotrican contra las ambiciones de La Cámpora.

El poder de fuego de Máximo disminuye. Sus reacciones públicas se vuelven débiles o “infantiles”, al decir de un dirigente del riñón albertista. La Cámpora, al cabo, tuvo que participar del acto para no quedar afuera de la foto. Llegó tarde a la Plaza, cuando Alberto había terminado de hablar. Las cámaras mostraron a Kirchner escoltado por un corralito humano para que ningún curioso pudiera acercarse. Menos mal que era el día de la militancia.

Esa noche el Presidente recibió a los intendentes de la primera y de la tercera sección electoral. Los homenajeó con un gran asado, que fue la continuación de algunos más chicos que hicieron por su lado algunos alcaldes. Fueron ellos los artífices de la recuperación, si es que se puede llamar así. Uno de esos intendentes, acostumbrado a usar un lenguaje descarnado y cruel, confesó al salir: “Es bueno que algunos tomen nota de que el kirchnerismo pasó de ser el dueño de la provincia a ser el dueño del Conurbano. Y de ser el dueño del Conurbano a ser apenas el dueño de la tercera sección”.

Los intendentes claman por más participación en la gestión de Axel Kicillof y exigen una nueva reelección en 2023, que está prohibida por una ley sancionada en 2016, luego de un acuerdo de María Eugenia Vidal con Sergio Massa. El presidente de la Cámara de Diputados dijo en el asado que él no acompañará la iniciativa. Alberto y Máximo están a favor. Y Kicillof se resignó a dar el visto bueno.

Lo que no se evitarían son las internas. Fernández anunció que en 2023 habrá que competir en las primarias antes de desafiar a la oposición en las generales. De nuevo: no fue una iniciativa que Alberto lanzó por sí mismo. Lo habló antes con Cristina. En rigor, tampoco fue una decisión de las últimas horas. Una semana después de la derrota en las PASO, en una reunión a solas entre Cristina y Kicillof, la jefa del espacio asumió como un error haber hecho las designaciones a dedo. Pidió, frente a los ojos incrédulos de Kicillof, imitar a la oposición. “Es interesante lo que hicieron”, deslizó. Axel aprovechó esas palabras para seducir a Sergio Berni.

Le prometió que en 2023 podrá presentarse al cargo electivo que quiera. Berni respondió como el gobernador esperaba: dijo que no se irá del ministerio de Seguridad. Para Axel es una tranquilidad. Para el resto puede que no: en el asado en Olivos los intendentes exigieron que Berni y Aníbal Fernández terminen con las peleas y se ocupen de lo importante. Los alcaldes sufren. Si no que lo diga Fernando Espinoza, de La Matanza, que estuvo escondido unos cuantos días luego del crimen del kiosquero. El Conurbano está al rojo vivo.

Alberto y Cristina volvieron a hablar el lunes. La vice también charló con Martín Guzmán y con Sergio Massa. Pese a lo que intentaron transmitir, fueron conversaciones difíciles y tensas. La negociación con el Fondo Monetario tiene a todos en estado de alerta. Cristina sospecha que Guzmán no le cuenta todo lo que sabe. No habla con él por amor ni porque crea que es un gran ministro. Habla porque ha dicho que cerrar con el Fondo es el mal menor y que el ministro tiene hoy las llaves.

En la Casa Rosada dan por hecho el acuerdo, como si la voluntad de cerrar trato solo corriera por parte de Alberto o de Cristina. El Fondo ha avisado que la Argentina necesita dar señales de que hará ajustes fuertes en la economía. Hay quienes dicen que no será un problema: “Tenemos que firmar lo que pidan. No nos queda otra”, sostienen. Sectores más intransigentes miran a su propio electorado y desafían: “Cristina no avalará cualquier cosa”.

La vice se mantiene en silencio. Su única manifestación desde la votación fue el tuit que escribió el domingo a las 19.15 para anunciar que no iría al búnker por recomendación médica. El viernes viajó a El Calafate. Solo se lo contó a su séquito. Dijo que necesitaba descansar. El clima en el sur le sienta bien y fomenta el misterio. No tiene fecha de regreso.

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