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Florentino Ameghino, un hombre que sembró la luz que el tiempo no logró apagar

Sus principios resistieron todas las enfermedades. Su vida estuvo dedicada a la observación de la naturaleza.

Naturalista argentino. (Foto: Archivo)

“El verdadero maestro no obliga a saber. Despierta la necesidad de saber.”

Transcurría el año 1908. La Argentina estaba viviendo la época de su despertar como Nación. En un pueblito en los alrededores de Buenos Aires -en Lanús, para ser más preciso- en el patio de una modesta casita de barrio, dos hombres se encontraban conversando bajo la acogedora sombra de un parral.

El dueño de casa, hombre de selecto espíritu, conversaba con un antiguo amigo de su infancia, persona de aspecto distinguido sobrio en el decir y en sus maneras.

El visitante era un investigador, un naturalista. Un hombre apasionado por el estudio que poseía la dignidad, la pureza y la espontaneidad de la naturaleza. Era Florentino Ameghino, la personalidad más definida que produjo el país en el campo de las Ciencias Naturales.

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Fue un hombre de la Provincia de Buenos Aires, pues había nacido en Luján y falleció en La Plata. Profesor Universitario, incursionó con idéntica profundidad en la geología, en la paleontología y en la antropología.

Se los veía caminar a los dos amigos, por las calles arboladas de Lanús, observándolo todo, deteniéndose a cada paso con inteligente curiosidad. Solía acompañarlos en sus paseos matinales, un hijo del dueño de casa, de nombre Raúl, de unos once años, pero de una mente lúcida y muy despejada para su corta edad.

La criatura los escuchaba absorto, ansioso de penetrar en ese mundo especial en el que siempre incursionaban Ameghino y su padre.

El investigador, notando la firme afición del niño por los fenómenos de la naturaleza, comenzó a interesarse por él.

Solía decirle:

-Mirá Raúl, nunca olvides que el hombre vulgar sólo se preocupa de pasar el tiempo, el hombre de talento, de aprovecharlo. Sigue siendo amigo de la naturaleza. Sé contante: observa que blanda como es el agua llega a horadar la dura piedra. Sigue siendo amigo de la naturaleza. Ahuyentarás el tedio, pues en todas las cosas de la vida se encuentra placer si se sabe saborearlo.

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Ameghino falleció en La Plata, tres años después, en 1911. Un 6 de agosto. Tenía casi 57 años. Pero el jovencito Raúl ya tenía la sensación de que su destino estaba trazado. El chico siguió estudiando y a los 23 años se recibió de Doctor en Ciencias Naturales.

Estudió el comportamiento de la naturaleza. (Foto: Adobe Stock)

Transformado en el doctor Raúl Flores, siguió investigando, aprendiendo, enseñando. Jamás olvidó al hombre que marcó su destino. Y solía repetir a sus alumnos, este pensamiento de Ameghino.

“Cambiaré de opinión tantas veces como adquiera nuevos conocimientos. El día que mi cerebro haya dejado de ser apto para estos cambios, dejaré de pensar. Compadezco de corazón a todos los que después de haber adquirido una idea acertada o no, no pueden abandonarla nunca más”.

El doctor Flores –aquel niño- falleció hace unos años. Poco tiempo antes de morir –tenía 83 años- quiso que su modesta casita de la calle Las Piedras, en Lanús, que había heredado de su padre, tuviera en su puerta una placa con esta leyenda:

“Aquí Florentino Ameghino sembró una luz. El devenir del tiempo no consiguió apagarla”.

Ameghino, para terminar, honró a su ciudad, a su patria, y a la humanidad. Y su prédica permanente y sana sembró en un niño de Lanús -¡y en tantos otros!- una hermosa y eterna pasión: la del saber. Le cabe entonces con justicia, por este episodio que es un símbolo de todo una vida dedicada a despertar inquietudes, este aforismo.

“Sembremos, que en algún lugar, nos bendecirá la lluvia”.

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