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Leónidas, el Diamante Negro: el primer ídolo de masas del fútbol brasileño, que mereció ser campeón antes que Pelé

Leónidas da Silva se murió hace poco más de 17 años sin saber lo inmenso que había sido. Una enfermedad le averió la memoria e hizo difuso su pasado de crack. Tiempo después, en muchas de las promociones que sucedían alrededor de la Copa del Mundo 2014, Brasil le rendía tributo. Y de él hablaban, de él decían, a él elogiaban. Casi nadie o nadie de ellos lo había visto deslumbrar en el campo de juego, pero los ecos de quienes lo disfrutaron se hicieron voz en sus descendientes.

Fue sucesor de Arthur Friedenreich y antecesor de Pelé, esos dos futbolistas a los que les adjudican más de mil goles. La FIFA lo ubica a Leónidas en su Salón de la Fama. En el medio de la fiebre de aquel Mundial brasileño sin final feliz para los locales, los más jóvenes descubrieron su existencia y los más grandes comprobaron la dimensión que les habían relatado.

Leónidas era el perfecto representante de un fútbol que estaba naciendo, el del Jogo Bonito. La del Mundial de 1938 fue la primera gran expresión de ese término que hoy se repite naturalmente por los rincones del mundo. Resultó también otra cosa: una manifestación valiosa de lo que en Brasil se llamaba Futebol Mulato, como el libro del sociólogo y escritor Gilberto Freyre, que fue llevado al cine hace una década. Un fútbol desinhibido, pícaro, de gambetas a los rigores, de astucia, nacido entre carencias. Leónidas consiguió eso: abrazar a ambos conceptos y representarlos en el campo de juego del mejor de los modos.

El periodista, escritor y dramaturgo Nelson Rodrigues también ofreció sus palabras para contarlo a Leónidas: “Era un jugador estrictamente nuestro. Tenía la fantasía, la ingenuidad, la improvisación y la sensualidad de los típicos cracks brasileños. Y cuando quería, volaba sin que ningún defensor se diera cuenta”. Sus destrezas todavía juegan en YouTube para ver cuál es la más linda o la más circense.

Su recorrido por el fútbol merece varios cuentos de Roberto Fontanarrosa, Juan Villoro o Eduardo Sacheri. Hizo goles con los botines rotos y hasta descalzo; jugaba al básquetbol en el Club Sirio Libanés cuando no alcanzaban a completar el plantel; fue crack en Río de Janeiro en los años treinta y en San Pablo, en los cuarenta. Siempre a su modo y manera: con audacia.

Vivió una infancia atravesada por el fútbol y por las quejas de sus padres. Entre las fábricas que asomaban en el barrio Sao Cristovao, él se pasaba todo el tiempo que podía jugando con esas pelotas que daban pena, que pedían clemencia. Pelotas de trapo, pelotas de lo que se pudiera. Le exigían que estudiara. Querían que fuera médico o abogado. Pero él gambeteaba también a la escuela. A los 14 años la abandonó. Y hasta prefirió trabajar en una de las fábricas del vecindario; alguna de esas a las que les solía romper los vidrios de sus ventanas con sus remates de joya inminente. La adolescencia lo encontró también jugando al fútbol: primero en el Sirio Libanés; luego en Bonsucesso.

Leónidas haciendo jueguito, como si volara. Fue uno de los primeros grandes cracks de Brasil. (Twitter)

El planeta del deporte más popular lo conoce como “El Diamante Negro”, sobre todo a partir de su consagración en el Mundial de Francia, en 1938. Pero antes había tenido otros dos apodos. Uno contaba rasgos de su juego: Hombre de Goma, le decían. Era un acróbata del área. El otro señalaba un paso en su camino. Lo llamaban El Petronilo Carioca. Justo antes de que Leónidas pasara a Peñarol, el paulista Petronilo de Brito -el primer brasileño negro en jugar en el exterior- comenzaba a escuchar aplausos en San Lorenzo.

Tras su paso por el fútbol uruguayo, volvió a Río de Janeiro para jugar en tres de los cuatro grandes cariocas: Vasco, Botafogo y Flamengo. Disputó sin éxito el Mundial de 1934 y deslumbró en el siguiente, bajo cielo francés. Ganó el Botín de Oro (hizo siete goles en cuatro encuentros) y la FIFA lo eligió como el mejor futbolista de la competición.

Hizo algo más grande: fundó una jugada bellísima que en Brasil todos llaman la bicicleta y se parece a la chilena. “Ese hombre de goma, en el suelo o en el aire, posee el don diabólico de controlar el balón en cualquier lugar, y lanza remates violentos cuando menos se lo espera. Cuando Leónidas marca un gol, uno cree estar soñando”, fue la descripción del periodista Raymond Thourmagem, de la revista Paris Match. Los estadios lo aplaudían de pie. No importaban colores ni orígenes cuando él jugaba.

Leónidas: fue sucesor de Arthur Friedenreich y antecesor de Pelé, esos dos futbolistas a los que les adjudican más de mil goles. (Twitter)

Su extraña ausencia en las semifinales frente a Italia (por una presunta lesión) le abrió las puertas al seleccionado de Vittorio Pozzo para cumplir con el mandato de Benito Mussolini. El Duce no aceptaba otro desenlace que la consagración. Cuando el Diamante Negro no brillaba, Brasil perdía buena parte de su magia y de su poderío. En el partido por el tercer puesto, Leónidas volvió a resplandecer: le hizo dos goles a Suecia para la victoria y el podio. Al llegar nuevamente a Río de Janeiro comprobó lo que la historia indica: se había convertido en el primer ídolo de masas del fútbol brasileño.

Luego, pasó al San Pablo. También se transformó en superhéroe del club y ganó cinco Estaduales. Su último partido oficial lo jugó en 1950. Las rodillas le dolían como sólo duelen en las pesadillas. En su carrera había convertido 537 goles en 593 partidos. Cifras de muy pocos, de casi nadie. Ya retirado, fue entrenador, probó suerte en el cine, se hizo comentarista de fútbol. El alzheimer lo obligó a otro retiro. Falleció en el verano paulista de 2004, a los 90 años. En su memoria apenas quedaban retazos de sus maravillas.

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