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Perseguidos y bajo amenaza: en Afganistán, ser músico puede significar un pasaje a la muerte

La música nunca fue bien vista en Afganistán. El país entero es una sociedad conservadora”. Quien habla con exótica gesticulación es Yousef Shah, músico afgano de heavy metal, de 28 años, residente en la ciudad inglesa de Newcastle. De algún modo intenta comenzar a explicar la casi imposible relación de la música con la cultura nacional y la religión en su país.

Es un momento intenso para abarcar este tópico porque los Talibán acaban de prohibir la música en los salones de bodas de todo el país por considerarla contraria al mandato del Islam, más allá de haber secuestrado y matado al músico tradicional Fawad Andarabi hace poco más de un mes.

Travis Beard, periodista, músico y cineasta australiano vivió por siete años en Kabul y realizó el revelador documental Rockabul -que ilustra la historia de District Unknown, la ex banda de Shah, la primera de heavy metal en su país-, explica la gravedad de la medida.

“Los salones de bodas son los principales lugares para escuchar música en Afganistán. Allá no hay discos, cines o pubs. Los espacios donde se celebran los casamientos son de los muy pocos donde la diversión está permitida. Normalmente en una boda puede haber mil personas; son una parte central del comportamiento social”, explica Beard.

El periodista, músico y cineasta australiano Travis Beard vivió por siete años en Kabul. Foto David Gill/Gentileza Travis Beard

Hacia la prohibición total

Y amplía: “Que prohíban la música allí es el claro precedente de que se llegará a una prohibición total. La mierda aún no llegó al ventilador, pero va hacia él. El reloj está corriendo para los músicos en todo el país”.  Los Talibán están comenzando a implementar lo que dan a conocer como “el control del vicio” y los perseguidos músicos afganos están necesitando imperiosamente salir del país.

Shah explica que “en tiempos democráticos podían llevarte preso o incluso torturarte por ser músico, ahora directamente te podrían volar la cabeza sin pensarlo”.

No es que la música estuviera prohibida en democracia, sino que en este sentido “la ley” la impone el ojo social o, como lo explica Beard, “allá el problema también es el vecino que te acosa y te juzga si te ve con un instrumento por la calle, con el pelo largo, un piercing o lo que fuere”.

“Y lo peor -agrega el cineasta- es que irán a reclamarle a tu familia por esa actitud. Hay una fuerte conexión entre los actos individuales y la responsabilidad familiar, entonces todos estos músicos que eligieron rebelarse se ponen en riesgo a ellos mismos y también a los suyos”.

Informe desde algún lugar del Sur de Afganistán

Faisal, residente de Kabul y líder de una conocida banda de soft rock local de la cual prefirió no revelar el nombre por encontrarse aún en Afganistán en situación de amenaza, fue protagonista de esa fantasía occidentalista.

“Con mi banda tocamos para la primera dama durante el último gobierno democrático. También lo hicimos en TV, en la Embajada de Canadá y el Instituto Francés de Kabul. Fuimos la primera banda en tocar en la calle con una chica en la formación. Nos formamos académicamente”, cuenta.

Faisal denota nerviosismo en su voz y la señal de internet no es la mejor en la provincia del sur del país adonde viajó ocasionalmente por trabajo. Confirma lo que sugiere Shah: si los Talibán lo encuentran y se les ocurre matarlo, no tendrían problemas en hacerlo.

“De hecho, la segunda noche luego de que los Talibán retomaran el poder, un grupo de personas irrumpieron en mi casa, golpearon con sus armas a mi hermano, presuntamente porque lo vieron en una foto conmigo o quizá porque sabían que él trabajaba para una organización de un país extranjero”, reseña el músico.

Y agrega información para que no queden dudas de las razones de lo ocurrido. “No se llevaron nada de casa; fue una advertencia. Por suerte mi hermano ya pudo emigrar, mientras yo espero ayuda para hacerlo, aunque todas las salidas están cerradas”, declara con tristeza y esperanza al mismo tiempo.

El factor Faith No More

“Cuando en mi adolescencia vi a los Sex Pistols tocando en ese barco en el río Támesis de Londres, desafiando al gobierno y la Corona, me pareció que eran lo más, que estaban haciendo algo muy extremo y peligroso”, relata con admiración y expresionismo facial Bill Gould, bajista y fundador de Faith No More y productor ejecutivo de RocKabul.

Pero enseguida retoma: “Cuando vi a estos músicos afganos haciendo esas apariciones espontáneas en las calles de Kabul o de Mazar Sharif, me di cuenta que… ¡eso realmente era algo peligroso! Era una actitud completamente radical” 

Travis Beard y el bajista de Faith No More Bill Gould, productor ejecutivo del documental RocKabul. Foto Gentileza Travis Beard

Gould conoció a Beard en un evento de una publicación de heavy metal inglesa y de inmediato hicieron buenas migas, ya que el músico californiano siempre sintió atracción por distintas culturas, sobre todo las que son poco conocidas o directamente demonizadas en su país.

No sólo se trata de dinero

“Leí varios libros sobre Afganistán. Es interesante comparar la anterior etapa de los Talibán (1996-2001) con la actual. Cuando tomaron el poder en aquel entonces, el país estaba devastado por la guerra civil; entonces, cualquier atisbo de seguridad en las calles era bienvenido, y allí los Talibán lograron reducir el crimen”, explica.

E inmediatamente marca las diferencias: “En los 20 años que pasaron entre un gobierno y otro, los chicos afganos se enteraron qué es un iPhone, cómo mandar mensajes, conocieron la internet en general. Conocieron la cultura occidental. Entonces es muy difícil para los Talibán que hoy haya empatía con la gente, porque saben bien qué hay fuera”, reflexiona.

Gould considera que en los años de intervención estadounidense el país logró prosperar en algunos aspectos, pero que cuando invertir en Afganistán “pasó de moda” -y como consecuencia la inseguridad creció- ya a nadie le importó el tema en el gran país del norte.

“Entonces, lo que es genial de RocKabul es que Travis logró mostrar las cosas como son: se cargó su cámara al hombro y vivió la experiencia, del mismo modo que los chicos de District Unknown quisieron salirse del molde con el heavy metal como excusa y lo hicieron”, señala el músico.

“En el documental -sigue- podés ver qué es lo que pasa en la calle y la forma en que se presenta a los músicos es muy íntima. Se humanizó Afganistán y creéme que el estadounidense medio no tiene la más mínima idea de qué significa ser afgano. ¡Nosotros pusimos en peligro sus vidas!

Y concluye: “No se trata solo de dinero y políticas, hay personas de por medio y deberíamos tener una responsabilidad con ellas. Por eso Travis está preocupado por sacar músicos de allí, porque la realidad está muy jodida”.

El orgullo de hacer lo debido

Yousef Shah está recién llegado de su trabajo como técnico informático y habla desde una habitación de decoración austera en la que se ven numerosos portarretratos con fotos familiares antiguas.

Su presente musical es auspicioso. Su nueva banda de post-metal Afreet -que significa “el más poderoso de los demonios”, según el Islam- acaba de lanzar el single My Land Is Breaking, acompañado por un video clip de alto impacto en el que se entreveran imágenes de la actual violencia que se vive en el país junto con otras de la belleza cultural y natural de Afganistán.

Yousef vive en Newcastle, pero hasta hace poco temió por su familia, que emigró recientemente a Pakistán. Foto Qasem/Gentileza Travis Beard

“Cuando lanzamos el video me sentí muy feliz de hacer algo importante por mi gente, pero poco tiempo después comencé a preocuparme seriamente por mi familia, ya que podría haber represalias contra ellos. Por suerte hace pocos días mis padres y mi hermano lograron pasar a Pakistán. Mi idea es que pronto pueda recibirlos en Newcastle”.

Cuando se lo consulta sobre las sensaciones de haber integrado la primera banda de metal de la historia de su país, Shah no puede disimular su entusiasmo. “No fue tanto por la música, por el género, sino más bien por dar un ejemplo. Quisimos contarle al país que no estábamos allí por el estilo de música en sí, sino porque queríamos hacer lo que disfrutamos y amamos. Estoy muy orgulloso de eso”.

Inseguridad es otra cosa

Noviembre de 2001 no era un momento demasiado tentador para estar en Afganistán. La furiosa respuesta del gobierno de George W. Bush a los atentados del 11-S estaba en plena forma, pero esto no amedrentó la vocación periodística de Travis Beard, quien se dirigió al país donde se buscaba a Osama Bin Laden.

Cuenta que inmediatamente algo lo enganchó a Kabul. Años después volvió para dar clases de fotografía periodística y talleres de grafiti en una universidad. Decepcionado por los mecanismos narrativos del periodismo local (que básicamente hablaba constantemente de cuántos muertos había por día), comenzó a acercarse a la escena musical.

Formó una banda con un grupo de expatriados y en su sala de ensayo secreta -que era una cueva bautizada irónicamente como Tora Bora Studios y debió cambiar de locación tres veces por denuncias de vecinos conservadores- comenzó a hacer de mentor de bandas locales, muchas veces formadas por chicos que nunca habían empuñado un instrumento.

Allí formó District Unknown, y el trabajo fue asombroso. Basta con ver el documental para sorprenderse con la evolución de la banda en solo un año, al cabo del cual estuvieron listos para dar su primer concierto. Pero, teniendo en cuenta las restricciones socio-culturales, ¿qué tan seguro sería que tocaran en vivo?

Para los músicos, la sola idea de salir a tocar encierra un riesgo que algunos prefieren no correr. Foto Ellie Kealey/Gentileza Travis Beard

Beard: La definición de seguridad no es la misma en Occidente que en Afganistán. Los shows eran principalmente en lugares frecuentados por extranjeros. Funcionaban como speakeasies; entrabas si tenías un contacto. Al comienzo asistían un 90% de extranjeros y luego esas cantidades viraron por completo y teníamos gran mayoría de afganos , lo cual los hacía cada vez más riesgosos y valiosos también

-¿Temiste por tu integridad en alguno de esos momentos?

-Bueno, que ensayáramos en mi casa ya era algo bastante temerario. Pero los chicos mantenían un perfil muy bajo: evitaban tener una rutina de ensayos para no llamar la atención de los vecinos. Así y todo los acosaban por la calle aún cuando no llevaban instrumentos ya que con su apariencia bastaba. Lo mismo pasaba en la universidad de la mano de estudiantes conservadores.

Kabul era relativamente seguro, aunque había detonaciones suicidas regularmente. Cuando organizamos aquellos conciertos espontáneos en el trailer de un camión en otras ciudades menos seguras que Kabul, muchos de los músicos de District Unknown consideraron la idea demasiado peligrosa, así que tuve que armar una banda de cero con músicos que se animaban a la aventura.

El público reaccionaba de una manera muy particular frente a la presencia de una banda, algo impensado en estos días. Foto Ellie Kealey/Gentileza Travis Beard

Imágenes que hablan por sí solas

Las imágenes de este concierto que se aprecian en RocKabul son poderosas. El público queda en un extraño estado de perplejidad, enamoramiento y sentido de la posesión, y cuando la banda deja de tocar comienzan a arrojar piedras al improvisado escenario.

Otro momento clave del film es la cobertura del festival Soundcentral, que el equipo de Beard organizó en el Instituto Francés de Kabul -años después atacado por un terrorista suicida-, en el que se incluyó un día solo de mujeres y el último concierto de District Unknown.

“Nadie en Afganistán está acostumbrado a ver 400 mujeres saltando y cantando. No dejamos entrar a ningún hombre, ni siquiera periodistas que cubrieran el festival, para así poder permitir a esas mujeres librarse por completo del hostigamiento masculino. Ese momento es mi máximo orgullo”.

El equipo de Beard organizó un show al que sólo ingresaron mujeres; una escena impensada en las condiciones actuales de Afganistán. Foto Ellie Kealey/Gentileza Travis Beard

-¿Qué se puede hacer hoy para ayudar a los músicos que aún están en Afganistán?

Beard: Tenemos una campaña activa que ya lleva recaudados más de 20.000 dólares y hemos logrado sacar del país a más de 20 músicos, tenemos otros 20 con visas listas para emigrar y estamos en tratativas para ir regularizando la salida de otros 100.

Es un trabajo arduo. La mayoría salen a Pakistán, pero tampoco allí es que se relajarán y vivirán libres ya que al primer problema, la policía pakistaní los puede deportar a su país. Están realmente bajo el radar hasta que tengan sus visas para ir a algún país de Occidente.

Se puede contribuir donando en www.chuffed.org/project/help-save-afghan-musicians y alquilando o comprando el “RocKabul” en Vimeo: vimeo.com/ondemand/rockabul

E.S.

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