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Domingo Faustino Sarmiento y la ortografía: ¿por qué quería abolir las reglas?

Parece una paradoja pero no lo es: el “padre del aula” se llevaba mal con la “s”, la “c”y la“h”, y detestaba que la forma de escribir estuviera lejos de la de decir. Propuso una reforma que no tuvo éxito: su objetivo era más político que lingüístico.

Solo con ver la portada del Facundo, publicado en 1845, encontramos una muestra de la relación de Sarmiento con la ortografía: “Civilización i barbarie”. Así se lee, con “i”. La primera impresión es la sorpresa, algo hace ruido si pensamos que el paladín de la instrucción escolar escribía con “errores de ortografía”. La cuestión es más compleja, no se trata de juzgar si es o no un error. En todo caso, con su manera de escribir, Sarmiento buscaba dar testimonio de algo más profundo. La escritura representaba una forma de diferenciación de España y ese era su objetivo. El español de América era otro y eso tenía que quedar plasmado en la manera de escribir.

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Como dijimos tantas veces desde acá, la ortografía es cuestión de reglas. Conocerlas y respetarlas es la llave para “escribir bien”. Lo pongo así entre comillas porque, siguiendo el espíritu sarmientino, “escribir bien” no era respetar las reglas ortográficas que fija la academia. Acá un ejemplo de cómo lleva a la práctica la teoría que defiende: “Saber mui bien latín ó de lo contrario, observar durante muchos años y retener en la memoria la manera como están escritas las palabras en los libros, esto es el uso comun y constante”(Sic).

El objetivo de Sarmiento era hacer coincidir la escritura con la pronunciación, con el decir de estas tierras tan alejadas de España. Para eso escribe el libro Memoria sobre ortografía castellana y lo presenta en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile el 17 de octubre de 1843.

La escritura representaba una forma de diferenciación de España y ese era su objetivo. El español de América era otro y eso tenía que quedar plasmado en la manera de escribir.

Lo que regía las modificaciones que proponía era la adecuación entre el sonido y la escritura. Por ejemplo: quería suprimir la “h” por ser muda, eliminar la “v” y la “z” por no representar un sonido diferente al de la “b” y la “s” para los hablantes de América y limitar el uso de la “c” a la combinación con las vocales “a”, “o” y “u” y reservar la “s” para las sílabas “se” y “si”.

La propuesta de Sarmiento no prosperó. Las leyes de la academia siguen rigiendo nuestra forma de escribir y ya hemos convenido en que las reglas ortográficas nos protegen de la anarquía de las letras.

“Civilización i barbarie”, portada del Facundo. (Foto: captura)

Sin embargo, vale rescatar el principio de simplificación que quiere implementar Sarmiento. Aunque su objetivo primordial sea diferenciarse de España, hay algo positivo en este deseo de hacer más sencilla la complejidad de la lengua. Muchos años después y retomando el espíritu rebelde que empujaba a autor del Facundo en este gesto, Gabriel García Márquez levantó el guante en el Congreso de la Lengua de Zacatecas en 1997. Para provocar a su auditorio y poner en foco el tema de la ortografía hizo una acalorada defensa del “escribir como nos venga en ganas”: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?”.

Es la misma hipótesis, es el mismo deseo de hacer sencillo lo complicado. Ya ha quedado demostrado que el triunfo de las reglas es indiscutido y que respetarlas nos evita y protege de serios malentendidos. Sin embargo, es lógico celebrar estos atisbos de rebeldía que nos permitirían liberarnos de las cadenas de la ortografía.

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