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Hace cien años se apagaba para siempre la voz del gran tenor Enrico Caruso

En la madrugada de un 2 de agosto, hace exactamente un siglo y después de varios meses de sufrimiento, murió Enrico Caruso. “El rey de los tenores”, “La voz del siglo”, “El gran Caruso”, “El tenor de los tenores” y cuántos adjetivos y elogios, aplicados a su leyenda, quedan cortos.

Tenía sólo 48 años y había alcanzado la gloria con el canto -fue un ídolo de multitudes en una época en la que ese concepto aún era desconocido-, pero una pleuresía acabó con su vida. A fines de 1920 lo habían internado en Nueva York y atravesó varias semanas entre la vida y la muerte, lo operaron cinco veces de tórax y lo sometieron a transfusiones.

Sin embargo, en mayo, con su segunda esposa Dorothy Park Benjamin y una de sus hijas, decidió embarcarse y regresar a su amada Nápoles, su ciudad natal. Sus sueños de recuperación y vuelta a los escenarios quedaron allí. Murió en el hotel Vesuvio y uno de los músicos les comunicó a todos: “Vámonos sin ruido, en puntas de pie, porque se ha dormido el maestro”.


Enrico Caruso el 2 de agosto de 1921 en el Hotel Vesuvio de Nápoles. Foto: AFP

En tiempos recientes, fue Lucio Dalla quien rescató alguna de las leyendas sobre los tiempos finales del tenor, ofrendando una canción que justamente tituló Caruso: “Aquí donde el mar reluce y sopla fuerte el viento / sobre una vieja terraza frente al golf de Sorrento / un hombre abraza a una muchacha, después de haber llorado / luego se aclara la voz y vuele a dar comienzo al canto…”.

Caruso está considerado uno de los más notables tenores de todos los tiempos, aunque su trascendencia resulta mucho mayor. Alrededor de su voz privilegiada, su personalidad desbordante y su carisma, se construyó la primera gran industria musical, la de las grabaciones. Ciertamente lo hizo rico, pero él contribuyó como ninguno a esa expansión, dejando 265 grabaciones, casi todas para la RCA, convertida en una verdadera potencia de la difusión musical.

Su contrato con la compañía fue de casi dos millones de dólares, cifra asombrosa en la época. Su registro de 1902 de Vesti la giubba, la joya de Pagliacci, un tema que cantó como nadie, fue el primer disco que vendió un millón de copias en la época del 78 rpm.

Dos años más tarde interpretó Mattinata, del mismo Ruggero Leoncavallo, que se considera la primera canción compuesta exclusivamente para las grabaciones.

Su amor hacia la Argentina

Nacido el 27 de febrero de 1873, en Nápoles, Caruso mantuvo un fuerte vínculo con la Argentina. Llegó hasta aquí en sus tiempos emergentes: debutó a fines del siglo XIX en el desaparecido Opera de la avenida Corrientes con Fedora, de Giordano. Y retornó cinco veces, incluyendo su participación en dos temporadas del Colón y giras con la compañía del Teatro que lo llevaron hasta Rosario, Córdoba y Tucumán.

Su paso por los escenarios fue memorable, así como también sus andanzas por la ciudad que lo convirtieron en un personaje inigualable. Inclusive, se menciona un encuentro con un joven Carlos Gardel cuando ambos coincidieron en el barco Infanta Isabel.

De Caruso, en nuestro país, se computan 135 funciones líricas y 18 conciertos, cifras que sólo son mayores en los Estados Unidos (donde llegó a cantar más de 800 funciones) y en su propio país (casi 300).


Nacido el 27 de febrero de 1873, en Nápoles, Caruso mantuvo un fuerte vínculo con la Argentina.

Caruso era el tercero entre los hijos del dueño de un taller mecánico. A los diez años le despertó la vocación por el canto, y su madre lo envió al coro de la iglesia. Después, cantó en plazas y balnearios hasta que un barítono lo encarriló hacia el profesionalismo: debutó en 1894 en el Teatro Nuovo de Nápoles con L’amico Francesco, de Morelli.

A partir de allí, su carrera fue imparable, especialmente por su llegada al Met en 1903.

“Sobresalió al principio por la belleza del timbre, su musicalidad, uno estilo propio. Y lo afianzó cono su madurez artística, su composición de personajes, su dominio absoluto del canto, su sensualidad y poder de comunicación. Triunfó con el naciente verismo, pero también con las escuelas románticas y verdiana, con la ópera francesa. Llegó a ser el prototipo del tenor”, explicó el crítico Néstor Echevarría.

Caruso fue el modelo ideal para el Canio de I Pagliacci, el Rodolfo de La Boheme, Des Grieux en Manon y los maravillosos personajes verdianos: Manrico en Il Trovatore, Radamés en Aida, Don Alvaro en La Fuerza del Destino.

Caruso era joven, pero ya conocido cuando nos visitó por primera vez. Había triunfado en La Scala de Milan y en otro ámbito tan exigente como San Petersburgo, y también como protagonista del estreno mundial de La Arlesiana, de Cilea.

Se presentó en Buenos Aires el 14 de mayo de 1899 y La Nación comentó: “Hizo un debut satisfactorio en la parte de Loris el tenor Caruso, de voz y estilo estimables y buena acción escénica”. Al mes siguiente, tras su participación en La reina de Saba, de Karoly Goldmark, en el mismo diario profetizaron: “Caruso, el tenor de la voz preciosa, el Gran Caruso tal como se lo llamará algún día.”

Caruso retornó al mismo escenario en 1900, 1901 y 1903 pero, a partir de ese año, el Met fue absorbente, el que disparó su fama planetaria. Allí debutó en noviembre de 1903 y cantó por dieciocho temporadas consecutivas, representó 76 veces al Canio en I Pagliacci y 64 veces a Radamés en Aida y también estrenó obras como La Fanciulla del West, de Puccini, con la dirección de Toscanini en 1910.

Un regreso con gloria

Cuando Caruso regresó a nuestro país, una década después, ya era una estrella, se había disuelto su matrimonio con la soprano Ada Giachetti (tuvieron dos hijos, Rodolfo y Enrico) y se cuenta que –en el intento de recuperarlo- ella lo siguió hasta aquí, en una saga que parece reproducir fragmentos de I Pagliacci.


“Buenos Aires me consagró”, dijo en 1915. Foto: AFP

Cuando Caruso vuelve en 1915, Buenos Aires ya figuraba en los primeros planos del mundo lírico, en especial, en especial desde el estreno del Teatro Colón, siete años antes. Aquí habían cantado monstruos como Feodor Chialipin, Titta Ruffo (el ídolo de los barítonos) y Tito Schippa, por mencionar a algunos.

“Vuelvo para cumplir con un deber. Buenos Aires me consagró. Siento una inmensa satisfacción en ofrecer a la bella ciudad del Plata todo lo que creo tener de bueno, quisiera cantar aquí como nunca he cantado para pagar la deuda de gratitud que tengo contraída con esta ciudad”, afirmó.

Es una temporada increíble, en la que Caruso protagoniza Aida y también, por única vez, canta en el Colón con su amigo y compañero de ruta, Tita Ruffo. “Fueron veladas inolvidables, entre Caruso y yo nos apostábamos a ver quién cantaba mejor y quién estaba más nervioso, dada la tremenda responsabilidad con todas las localidades vendidas desde mucho antes”, escribió Ruffo sobre las veladas de I Pagliacci.

En El Gran Libro del Colón, Alberto Amato recordó: “Cuando Caruso canta I Pagliacci en el Colón, no es Canio quien llora, es Caruso. La soprano María Roggero, al final del acto, nota que la mano del tenor está sangrando. ¿Qué había pasado? En la escena en la que Payaso se entera de que es traicionado por su amada y jura por la Virgen vengarse, Canino-Caruso se había mordido el pulgar con tanta ira que se había herido. Eso es verismo. Y ése era Caruso”.

Demasiado fervor sentía Caruso por Buenos Aires para atravesar -durante esos años- los mares repletos de barcos de combate en la Primera Guerra Mundial. En 1917 Caruso ofreció presentaciones históricas con Manon (tanto de Puccini como de Massenet), La Bohéme, Tosca, El Elixir de Amor, otra vez Pagliacci.

Tomaba clases de pintura y dibujo en el atelier de su amigo Felipe Galante, de dos de cuyas hijas fue padrino de bautismo. Visitaba a su tío Liberato Baldini, paseaba por Villa Urquiza, Belgrano o Villa Pueyrredón.

“Luego de las funciones líricas, pasaba largas horas enclaustrado en su habitación del Hotel Splendid, estudiando y copiando partituras de óperas. Se deleitaba con paseos en carruaje por la ciudad y con las bellas quintas de San José de Flores, con sus cercos de madreselvas y árboles añosos. También le agradaba llegar hasta el bucólico Belgrano”, describió el historiador Pedro Eduardo Rivero en su libro Caruso en la Argentina.

Por otra parte, la correspondencia de Caruso que se subastó hace pocos años en Londres por 285 mil dólares incluyó, entre sus 700 documentos personales, las cartas que se cruzaba con Vina Velázquez, una joven porteña, supuestamente un romance furtivo.

El Met y el matrimonio con Dorothy, con quien tuvo otra hija, lo atraparon después de su última expedición a Buenos Aires. La enfermedad, producto del tabaquismo, lo quebró aceleradamente.


En su paso por Buenos Aires, paseaba por Belgrano, Villa Urquiza y Villa Pueyrredón.

Titta Ruffo fue uno de los más dolidos en el adiós: “Me encerré en mi propia habitación, me abatí llorando sobre la cama. Me fui a Nápoles para llevarle mi último tributo de afecto al hermano de arte. Llegué al Hotel Vesubio, miré su rostro rígido. El llanto me cerraba la garganta. Deposité una flor en su pecho y salí. Me pidieron que cantara en su misa de réquiem, pero me negué, la conmoción me habría superado”.

El final de la tragedia de Canio en I Pagliacci sentencia: “La commedia e finita”. Caruso había cantado e interpretado como nadie la obra de Leoncavallo.

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