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La nueva historia de Marcelo Birmajer: Un anochecer en La Boca

Cuando trabajaba como investigador para el programa televisivo El otro lado, me encargué de un episodio dedicado a las bodas.

Comenzábamos por los distintos rudimentos que precedían al casamiento, desde los cursillos prematrimoniales católicos hasta las opciones laicas. Yo buscaba a los protagonistas y las situaciones con el ánimo de Columbo: un detective desastrado cuyo mayor poder es la intuición (lo desastrado se me daba mejor que la intuición).

Pero el verdadero Columbo era Polo, Fabián Polosecki, el conductor y creador del programa. Por mucho que yo hablara con los testigos, durante horas o días, cuando estaban delante de Polo le contaban historias que a mí ni siquiera me habían insinuado. Mi amigo De Santis escribía los textos en off.

Yo debía descubrirlos en la inmensidad del anonimato urbano o conurbano, hablar en la trastienda y convencerlos de que le narraran a Polo sus vidas delante de la cámara. Pero Polo sabía cómo hacer para que olvidaran que los estaban filmando, o perdieran todas las prevenciones al respecto: le revelaban sus confidencias como a un interlocutor más adecuado que un psicólogo o un sacerdote. Sabían que la recompensa no sería la redención ni la cura, sino la trascendencia.

Por medio de Polo, apostaban a que sus vidas no serían fácil presa del olvido. Yo creo que les cumplió. No sé cuántos años hace que no veo a Polo, pero lo sigo recordando como la última vez. Las aventuras que corrimos en cada uno de sus programas continúan alimentando mis relatos.

El novio y la novia compartirían una misma despedida de solteros en una cantina de la Boca. Me pareció atinado cerrar el episodio con aquella celebración inusual: lo habitual era que se despidieran de la soltería por separado. Si voy a ser totalmente sincero, las despedidas de soltero me traen muy sin cuidado. Aplico a muchos de estos ritos la genial frase de Larry David: no te entusiasmes tanto. Nunca hay tanto para festejar en la experiencia humana. Pero siendo que no me parecía procedente inmiscuirnos en la luna de miel, el cierre en la Boca era óptimo. Polo convino.

Yo primero pedía los permisos para efectuar la nota, y un par de días más tarde llegaba Polo con el equipo de filmación: director, camarógrafos, asistentes de producción, sonidistas, maquilladores, y un servidor. Pasé entonces primero y solo por la cantina de la Boca: cuatro gandules cuidaban el local vacío de clientes. Les pregunté si podíamos filmar la despedida de solteros agendada para ese domingo; la perspectiva pareció entusiasmarlos y aceptaron con sonrisas entre toscas y burlonas. Los novios ya me habían dado el permiso el día anterior.

El domingo señalado llegamos con todo el equipo, dos horas antes, y desplegamos morosamente la técnica, como en cada grabación: los cables interminables, la pesquisa de toma corrientes, los absurdos reflectores, las pantallas para hacer rebotar la luz. Pero en el interior del antro se había sumado ahora un sujeto al que podríamos haber llamado el patrón de la vereda: un mafioso a primera vista.

Era el dueño; y de no ser por su mirada grosera, yo lo hubiera apodado El Padrino. Nos miró con desprecio y nos preguntó qué carajo estábamos haciendo. Le recordé que sus empleados me habían autorizado a filmar hacía apenas dos días. Los gandules -ahora idénticos a los bandidos anodinos que acompañan al Acertijo en el Batman de Adam West-, miraban para otro lado, se lustraban las uñas, silbaban un tango desconocido. El capanga, alto y canoso, remató ignorando cualquier pacto previo. Le dije que los novios ya contaban con nosotros para filmar el evento y obsequiarles una copia en VHS. Este argumento surtió efecto: sin habilitarnos explícitamente, nos dejó hacer. Pero desde el inicio del rodaje y de la fiesta, el capanga se lanzó con una insospechada agilidad y desvergonzada ubicuidad a robar cámara.

Cada vez que Polo se acercaba a una mesa, a los parientes o a los novios, aparecía el capanga y colaba su cabeza cana, su percha de mamerto cosa nostra; en todas las tomas, con alevosía. Ya que no se había decidido a expulsarnos -probablemente limitado por su vanidad-, quería arruinar el programa por medio de su figuración.

Sobre el final, los invitados de ambos bandos -y por algún motivo toda la escena me recordaba a Romeo y Julieta-, se complotaron para arrojar harina, colorante, agua, arroz y creo que huevos a los novios. Alguien puso en mi mano harina y una mezcla hedionda que supuse engrudo. El capanga se impuso birlando el protagonismo a la salida triunfal de la pareja. Polo, a mi lado, me incitó: – Tirale, tirale.

Se refería a que le arrojara la mezcla infame al capanga, vestido de traje y corbata. No sé por qué, le hice caso. Vengo de una familia y de una historia que me ha enseñado, sin palabras, sólo por medio de los hechos, las virtudes de nunca hacer caso sin pensarlo primero. No importa si se trata de una tarea, de una pandemia o de un encargo laboral: antes de cumplir un cometido o aceptar una sugerencia, siempre hay que decidir con autonomía.

Pero será que mi amistad con Polo me nubló por un instante -fatal- esta sabia premisa. Arrojé la harina y el engrudo inmundo. El capanga acusó el impacto. Abrió los brazos, sucio, mancillado, desconcertado, y preguntó en voz asordinada pero con el peso de una condena a muerte: – ¿Quién fue?-.

No necesitó alzar la voz. Se hizo un silencio sepulcral. Los gandules ya no semejaban petimetres del Guasón, sino matones de una patota sindical. Yo quedé de frente al verdugo, dispuesto a aceptar mi veredicto. Hasta aquí había llegado: mi abuela me había advertido que estudiara una carrera formal. Casualmente tanto Polo como yo habíamos comenzado y abandonado Sociología, al mismo tiempo y en la UBA de Ciudad Universitaria. Pero ahí estábamos los dos haciendo el payaso en un segundo crucial como el alambre sobre las fauces del abismo.

Expuse mis manos sucias de harina y las alcé hacia adelante en el gesto de que me llevaran preso. Pero Polo se adelantó, antes de que se dictara la sentencia, y dijo en voz más alta que el capanga: – Fui yo.

El capanga dio un paso al frente y le asestó un sopapo en el rostro al conductor de El otro lado. Nada grave, pero sonoro. Quedamos demudados, el investigador y la estrella del ciclo. De entre las filas de los amigos y parientes del novio, surgió un vengador y le asestó un puñetazo en la nariz al capanga, que cayó sentado y sangrando, largo y palurdo como era. Dos, o tres, o quizás los cuatro matones desenfundaron armas de fuego. Uno disparó al aire. Huimos en desbandada. La fiesta terminó. En el episodio se puede ver el efecto de la cámara yéndose para atrás. Lazlo, el director, sobrevivió a ese aquelarre (murió poco después de una enfermedad).

Recuerdo atravesar un puente, desde la Boca rumbo al centro porteño, añorando el Once como un refugio, temblando, en el mismo auto con Polo. Él llevaba una sonrisa inexplicable. Quizás me estaba anticipando que, respecto de ese episodio, podíamos tener la conciencia tranquila, como Noodles en Érase una vez en América: lo que siento ahora mismo mientras rememoro aquellas peripecias en estas líneas. Los dos nos habíamos ensuciado las manos, los dos nos las habíamos lavado.

WD

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