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José Samitier, el amigo de Carlos Gardel que fue ídolo del Barcelona antes que Lionel Messi

José Samitier era un tango bien cantado. Preciso, impecable, a veces conmovedor. Se dedicaba a otro arte: el del fútbol bien jugado, ese en el que el resultado no está reñido con la belleza. Un fútbol maradoneano, para la gente, para un domingo de alegría.

Falleció a los 70 años, en 1972. Pero su nombre late en cada rincón de Barcelona aunque casi nadie lo vio jugar por tantos estadios que recorrió. Es recuerdo. Es leyenda. Incluso mitología crecida con el tiempo.

Pero no había nada de mito sino de pura certeza en su amistad con otro célebre protagonista de aquel tiempo. Tenía un amigo en este lado del mundo, Carlos Gardel. Alguien que lo admiraba como futbolista -sin ser un militante de ese deporte- y, sobre todo, como persona. Era mutuo. A Samitier le encantaba escucharlo cantar, pero también dialogar en tantas reuniones compartidas, en muchas madrugadas extendidas. Saber cómo estaba era una cuestión prioritaria. Se mandaban cartas para interiorizarse de la vida del otro. Así lo retratan Julián y Osvaldo Barsky en su obra Gardel, la biografía.

Samitier –Pepe para todos los catalanes, incluso para los rivales- comenzó su carrera en el Internacional de Sants. A los 17 años fue contratado por el Barcelona a cambio de un traje con chaleco y un reloj con esfera luminosa. Pronto se convirtió en un emblema de los blaugranas.

Sus números y lo que generó son dos referencias de su jerarquía. Samitier resultó decisivo en el exitoso Barça de los años veinte. Aquellos equipos hicieron que el campo de juego de la calle Industria quedara chico ante la creciente expectativa. ¿Consecuencia? En 1922 se inauguró el campo de Les Corts, con capacidad para 60.000 personas. Recién en 1957, ya en tiempos de Ladislao Kubala como superhéroe, llegó el ahora universal Camp Nou. 

Durante los trece años que jugó para el Barcelona ganó cinco Campeonatos de España (la actual Copa del Rey), doce Campeonatos de Cataluña y la primera Liga disputada en España, en la temporada 1928-29. Marcó 326 goles con la camiseta que lució Maradona y que ahora sigue luciendo Messi. Aún ahora, incluyendo amistosos, sigue siendo el tercer máximo goleador de la historia de los culés por detrás de Messi y de Paulino Alcántara, aquel médico filipino al que el crack rosarino tuvo por delante buena parte de su carrera.

Los apodos que le ofrecían entonces también cuentan su dimensión como futbolista: era El Mago y era El Hombre Langosta. Procuraban describir su habilidad.

Además de talento dentro del campo de juego, tenía carisma afuera de él. Fue uno de los futbolistas más populares de su época (en Barcelona, que lo ubica en su Salón de la Fama, jugó entre 1919 y 1932). Lo querían todos. Y su impronta de tipo agradable, trascendió sus genialidades deportivas: llegó a protagonizar anuncios publicitarios y películas como Once pares de botas y Los ases buscan la paz.

No eran días cómodos, pero Gardel y Samitier se veían cada vez que podían o un poco más. Rafael Alberti Merello -andaluz, poeta, dramaturgo, escritor, comunista- retrata una anécdota de aquellos tiempos de complejidades en su libro La arboleda perdida: “Fue en Santander: 20 de mayo de 1928. Allí fui con Cossio a verlo. Un partido brutal, el Cantábrico al fondo, entre vascos y catalanes. Se jugaba al fútbol, pero también al nacionalismo. La violencia por parte de los vascos era nunca vista. Platko, un gigante portero húngaro, defendía como un toro el arco catalán. Hubo heridos, culatazos de la Guardia Civil y carreras del público. En un momento desesperado, Platko fue acometido tan furiosamente por los de la Real que quedó ensangrentado, inconsciente, a pocos metros de su puesto, pero con el balón entre las manos. En medio de ovaciones y gritos de protesta, fue alzado sobre los hombros de los suyos y sacado del campo, sembrando el desánimo en sus filas al ser sustituido por otro. Pero, cuando ya el partido llegaba al final, apareció Platko de nuevo, la cabeza vendada, fuerte y hermoso, decidido a dejarse matar. La reacción del Barcelona fue instantánea. Pocos segundos después, el gol de la victoria penetró por el arco de la Real, que abandonó el campo entre la ira de muchos y los desilusionados aplausos de sus partidarios. Por la noche, el hotel, nos reunimos con los catalanes. Se entonó “Els Segadors” y se hicieron ondear banderas. Y una persona que nos había acompañado a Cossio y a mí durante el partido cantó, con verdadero encanto y maestría, tangos argentinos. Era Carlos Gardel.” Samitier era el líder de aquel Barcelona que -más allá de lo nominal- ya era Més que un club. Resultaba otra bandera catalana.

Samitier, Platko y Gardel, reunión de amigos en territorio catalán.

A Gardel también le encantaba la Ciudad Condal. El vínculo del Zorzal con ese territorio lo definió Felipe Pigna en este diario y lo amplió en su libro Gardel: “Tenía un gran amor por Barcelona desde que la visitó por primera vez en 1923, y una barra de amigos con los que se comunicaba por carta y teléfono y los visitaba siempre que viajaba”. Entre ellos, claro, estaba Samitier.

Barcelona, ciudad bella y cosmopolita, tiene calles para caminar durante varias temporadas. Si alguno anda por ahí quizá se encuentre con el amigo de Gardel. Samitier es uno de los tres futbolistas que le ponen su nombre a alguna calle en la ciudad de Gaudí. Los otros dos son Ricardo Zamora y Hans Gamper. Tampoco sería una rareza escuchar la voz del Zorzal colándose por alguna ventana de esa vereda que se llama Samitier. Sería una nueva magia de ambos. O algo así.

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