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Un año de coronavirus: economía 2020, un derrumbe de 10% que deja su marca en la historia

Vale la pena preguntarse que dejó el derrumbe de 2020, una caída impensada y que sacó a la luz mucho de lo peor y lo mejor de la Argentina en materia económica.

Caer el 10% y constituir el mayor declive desde el 10,9% de 2002, que era recordado como el declive más importante de las últimas décadas, deja en claro la imposibilidad del país de evitar los ciclos negativos.  Pero las del año pasado fueron condiciones muy distintas.

El 20 de marzo, con la pandemia de coronavirus ya presente, comenzó una cuarentena que se prolongó por 234 días para desembocar en noviembre en la etapa de “distanciamiento social” que marcó el regreso a pleno de la mayoría de la actividad económica.

La cuarentena debutó con una caída de 26% de la actividad en abril que marcó el piso de la caída. Industrias paralizadas, el comercio masivamente cerrado y el trasporte trabajando con cuenta gota definieron un segundo trimestre económico para olvidar.

La contracara fueron los servicios esenciales y el comercio electrónico, a la vez que el bono de $10.000 del Ingreso Familiar de Emergencia(IFE) y los préstamos ATP para que las empresas pudiesen hacer frente al pago de salarios actuaron como contrapeso de la fuerte caída de los ingresos de las familias.

Si bien se prohibieron los despidos y se impuso el régimen de doble indemnización, la caída de empleo fue muy importante entre los trabajadores informales y los cuenta propistas.

Evolución de la actividad económica


» Índice serie desestacionalizada 2004=100



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Fuentes: ELABORACIÓN EN BASE A DATOS DE MECON
Infografía: CLARÍN

Los trabajadores ocupados eran un 10,2% menos en el tercer trimestre respecto al mismo período de 2019 y en ese universo, los asalariados formales registraban una baja de 3% (las empresas cuidaron personal) mientras que los informales bajaban 27,7% y los cuentapropistas en 22%.

La destrucción del empleo se presentaba imparable hasta el fin de la cuarentena efectiva y sólo los estados nacionales y provinciales vieron crecer sus plantillas.

Pero la pandemia, la cuarentena y un estado sin posibilidades de acceder al crédito tuvieron en el aumento del gasto público y la consecuente disparada del déficit fiscal su talón de aquiles.

Todos los países tuvieron un fuerte aumento del gasto en la pandemia pero una diferencia argentina fue que el gobierno no tuvo otra vía para enfrentarlo que emitir pesos a mano alzada con el riesgo de disparar la inflación, algo que no ocurrió por dos motivos: las familias asustadas por su ingreso futuro cuidaron mucho los pesos y el endurecimiento del cepo al dólar aquieto a los precios dolarizados.

Pero emitir en forma intensiva y lanzar a la economía $2,2 billones no fue gratis. Si bien 2020 marcó una inflación que promedió 36,1%, en el final, con los datos de diciembre, el costo de vida anualizado marcó un ritmo de aumento de 60%.

En ese sentido, el olvidable 2020 dejó por lo menos dos lecciones económicas: si bien la emisión no es la única causa de la imparable inflación argentina(se mantiene en el top 5 de un triste record mundial), la emisión termina impulsando los precios en el tiempo. La otra, la necesidad imperiosa de mantener tranquilo al dólar si se pretende acortar la suba de los alimentos.

La disparada del dólar “blue” o paralelo a partir de inicio de abril agregó una cuota importante de incertidumbre a la preocupación en torno a la pandemia y sus consecuencias.

El dólar “blue”, más allá de lo que fueron diciendo los funcionarios que constituyeron palabras vacías, actuó como unidad de cuenta a la hora de la fijación de precios y fue hacia el 23 de octubre cuando tocó el pico de $195 que puso al rojo vivo las luces del tablero de comando del Gobierno y lo llevó a tomar medidas cambiarias más drásticas.

La base de esas medidas fue cerrar casi al máximo el cepo cambiario limitando la venta de dólar ahorro ( el cupo de US$200 para minoristas prácticamente desapareció como posibilidad) y otorgando con cuenta gotas los dólares para los importadores que buscaban cancelar deudas con el exterior.

Ese torniquete cambiario ayudó a la baja del dólar paralelo que concluyó 2020 en $165 marcando una suba de 124% a lo largo del año. Pero la enseñanza costó cara.

Una economía bimonetaria que realiza sus transacciones domésticas en pesos pero desde hace años viene ahorrando por medio de la compra de dólares fue caracterizado por la vicepresidenta Cristina Kirchner como el principal problema de la Argentina.

Esa caracterización, sin embargo, ayudó poco a un cambio profundo de esquema y el Gobierno sólo atinó a tapar los agujeros.

La necesidad de tapar el agujero fiscal le llevó a amenazar con una nueva suba de las retenciones a las exportaciones del campo pero el temor a poner en juego el ingreso de divisas lo disuadió de hacerlo.

La soja, granos y aceites siguen siendo la principal fuente de divisas y en el final del año la trepada de los granos a nivel mundial generaron una noticia inesperada para las reservas del Banco Central.

La soja que en octubre cotizaba a US$380 la tonelada comenzó a trepar en forma acelerada(a comienzos de 2021 estaba en US$520) y brindó un oxigeno inesperado al frente externo.

La mega emisión de dólares por parte de los Estados Unidos para favorecer la expansión de su economía y la del mundo entonaron los precios de las materias primas a nivel global y derramaron financiamiento sobre los países emergentes, pero la Argentina se perdió parte de esas ventajas.

La crítica constante del gobierno hacia los empresarios, la creación de impuestos que actuaron en contra de la inversión, la idea de que el estado debe actuar como motor de la economía (¿podrá jugar ese rol un estado sin otra capacidad de financiamiento que la emisión y el crédito interno) y la desconfianza que el kirchnerismo genera entre los operadores económicos mantuvieron al país al margen de posibles ventajas financieras.

Después de una demorada renegociación de bonos de la deuda el gobierno logró despejar de vencimientos el horizonte financiero de por lo menos cuatro años.

Esos nuevos bonos que en la práctica quedaron a salvo de cualquier posibilida de default, terminaron cotizando a un precio mucho más bajo después del canje.

Sólo para dar una idea: si al momento del canje esos bonos cotizaban a US$54 por cada lámina de 100, con el paso del tiempo cayeron hasta US$34.¿Que pasó?. Los inversores desconfían del futuro de la Argentina y el costo de esa desconfianza los lleva a desprenderse de esos bonos.

Así, el problema financiero argentino se resume en que debería pagar 16 o 17 por ciento anual por lo que Brasil paga 3,5% y Chile aún menos.

En la Argentina desconfiada, el 2020 deja muchas lecciones dolorosas que se agregan a la dramática pandemia del coronavirus. 

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