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Murió José María Lavandera, baterista de la Orquesta de Tango porteña y padre del pianista Horacio Lavandera

En la medianoche del 10 de julio falleció en Buenos Aires, a los 63 años, el músico José María Lavandera, solista de batería de la Orquesta del Tango de Buenos Aires, donde tuvo una extensa trayectoria, desde su misma creación.

A pesar de sufrir una penosa enfermedad durante sus últimos años, luchó contra ella con entereza y dignidad, cumpliendo con sus funciones en la orquesta hasta el último momento. Su presencia en la versión de Nocturna, grabada en el pasado mes de abril por los músicos de la formación desde sus casas, en plena pandemia, lo testimonia de modo contundente.

Honró su lugar de músico concierto a concierto, aportando a la agrupación que dirigen los maestros Marconi y Cuacci su impronta rítmica y su especial toque, aprendido durante su largo periodo de trabajo con Raúl Garello.

Además y bajo la batuta de Garello, participó del espectáculo Danza del Fuelle, protagonizado por el bailarín Jorge Donn y el cantante Roberto Goyeneche, y actuó junto a Antonio Agri, Horacio Ferrer, Susana Rinaldi, Néstor Fabián, Lolita Torres, Libertad Lamarque, Amelita Baltar, Raúl Lavié, Eladia Blázquez, Rubén Juárez, Guillermo Fernández y María Graña, entre otros, y bajo la batuta de Mariano Mores, Osvaldo Piro, Julián Plaza, Horacio Salgán y Atilio Stampone.

En acción, José María Lavandera se incorporó a la Orquesta de Tango de Buenos Aires en el momento de su creación.

El comunicado de la Dirección General de Música de la Ciudad de Buenos Aires, fechado este sábado 11 de julio, agrega además que el músico “partió en víspera del Día del Bandoneón y del Día del Baterista Argentino, dos celebraciones que tenían una entrañable conexión con su vida artística”.

Pero esa conexión impregnó también su cotidianidad más doméstica y barrial. El compromiso de José María con la música trascendía las fronteras de una presentación o de un ensayo, y se metía en cada conversación que se ponía en marcha cuando entraba a la disquería que por entonces le daba de vivir a este periodista, en el corazón de Devoto, su barrio, junto a un Horacio adolescente que a pasos agigantados transitaba su camino hacia la élite de la música.

Bateristas, guitarristas, bajistas, pianistas, músicos de distintos estilos y géneros; no importaba qué fuera, todos los caminos conducían y confluían, irremediablemente, en el fantástico Dave Weckl. Por ahí iba la cosa, para José María. Mientras algunos otros caminos conducían y confluían, también, en el Boca de Bianchi y Román. Aquellos eran los tiempos.

Compañero inseparable de Horacio, tanto en la carrera profesional del pianista como en su día a día, la complicidad entre ambos a la hora de compartir y debatir en torno a la música es una instantánea que se repitió a lo largo del tiempo que duró aquella aventura comercial de este cronista, y que emergía espontáneamente en cada encuentro, casual o no, que compartíamos. Siempre con una sonrisa a mano. Una cualidad que su hijo dice que se mantuvo vigente hasta los últimos tiempos.

Mi papá tuvo una voluntad, hasta último momento, que fue formidable. Todo su amor por mi mamá, especialmente, y por mi hermana y por mí. Era así, él. Era pura pasión. Es un momento de gran alegría, también. Porque él tenía una gran energía, que creo que todos los que conocimos tenemos justamente que recordar: su energía enorme, su pasión por la música y por su familia”, lo recordó el notable pianista.

Una pasión que se veía reflejada en el vínculo de José María con su esposa Lili y con su hija María José Lavandera, madre de su pequeño nieto, Nicolás, tal cual lo contó Horacio, quien concluyó: “Hay que abrir el corazón con mi papá. Él era así”.

E.S.

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