De Fuerte Apache a Trinidad y Tobago: cuando Carlos Tevez era más Carlitos que nuncaDeportes 

De Fuerte Apache a Trinidad y Tobago: cuando Carlos Tevez era más Carlitos que nunca

“Hablale, es un pibe bárbaro. Quizá al principio te va a parecer un poco tímido. Pero hablale que es un personaje muy lindo. Un pibe con muchas historias para contar”, decía el doctor Daniel Martínez -ahora el médico de Lionel Messi en la Selección- en el lobby del Hotel Chaguaramas, en las afueras de Port of Spain, la capital de Trinidad y Tobago. El Mundial Sub 17 ya estaba en marcha. Y Carlos Tevez era Carlitos, pero sobre todo era la cara más visible de aquel seleccionado argentino que conducía Hugo Tocalli. Era el pibe de Fuerte Apache. Había que contar la historia de ese chico que en el febrero anterior a aquella última semana de septiembre de 2001 había cumplido 17 años.

Lo anticipaba, en ese mismo escenario hotelero, Tricia Douglas -nacida en Couva, otra de las ciudades de ese país caribeño; traductora e intérprete del plantel para medios de habla no hispana-: “Carlos es un chico muy agradable. No hay desayuno o almuerzo en el que no esté riendo”

Habían pasado apenas quince días de la caída de las Torres Gemelas. Y el ambiente en el plantel, con rumores de todo tipo alrededor de aquella tragedia icónica del principio de este siglo, latía la angustia. El fútbol, como casi siempre en la vida de Carlitos, era un modo de mejorar lo cotidiano.

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Recién había terminado el entrenamiento a cargo del Profe Gerardo Salorio. Por ahí andaba el pibe que ya estaba en Boca y que aún no había cruzado ni una palabra con el entrenador del equipo, Carlos Bianchi. Tres semanas después debutaría en Primera. 

-Hola Carlos, ¿cómo estás? ¿Podemos hacer una nota a la tarde para darla antes del partido con Francia?

-Dale. Si el Profe y Hugo no tienen problema, todo bien. Nos vemos después, capo.

Cuidadoso, respetuoso de las voces de los más grandes, de los conductores. Salorio y Tocalli lo autorizaron. Después de la merienda, en una de las mesas redondas del restorán del Chaguaramas, donde los argentinos compartían el hospedaje con los chicos de Burkina Faso, apareció él. Un pibe que no parecía tan pibe. Con las huellas de la vida sin disimulo, esa enorme cicatriz en el cuello que no generaba inhibiciones. Vestido de la Selección. Como había soñado cada noche de su niñez y como determinaba el cuerpo técnico.

A esa altura de la tarde se mezclaban por los rincones del hotel los ritmos de Farafina -un grupo de música y danza original de Bobo Dioulasso, la segunda ciudad del país africano- y de Tambó Tambó. Carlitos era el responsable de lo segundo.  

La Selección Sub 17 en el Mundial de Trinidad y Tobago en 2001. Arriba, Walter García, Rubén Salinas, Raúl Osella, Lucas Molina, Javier Macsherano y Hugo Colace. Abajo, Lucas Correa, Mauro Fanari, Pablo Zabaleta, Raúl Gorostegui y Carlos Tevez. Foto: AFP

Ese Carlitos era tímido como decía el doctor Martínez. Por lo menos hacia afuera. Adentro del grupo ya tenía carácter de líder precoz. El, Hugo Colace, Pablo Zabaleta, Walter García y Maxi López eran los que más palabras y arengas ofrecían. Desde afuera del vestuario se lo podía oír. Cantando en las victorias, arengando en las derrotas. Era el alma del grupo. En cada entrenamiento, sobre todo en los cierres, era el animador. Un repartidos de alegrías.

Afuera del campo de juego, cuidaba las formas. Y los modos: invariablemente saludaba a cada persona con la que establecía contacto. Anisha, empleada del business center de la concentración -una suerte de locutorio mejorado-, adoraba su forma de ser. “Siempre está divertido y siempre tiene algo para decir aunque no sepa el idioma”, decía ella. Ya era “very difficult” el inglés.    

Era escaso de palabras el Tevez inicial. Pero claro, sin vueltas ni rebusques. Sobre todo a partir de romper ciertas inhibiciones inaugurales.  

También lucía fuerte. Su pasado lo había obligado. Criarse entre los nudos y monoblocks de Fuerte Apache, el mito entonces fraccionado por derrumbes, ubicado en Ciudadela, es un desafío de los bravos. Dicen los que conocen el microclima del lugar que para vivir y subsistir ahí “hay que ser guapo, hay que aguantársela en serio”. Carlos Tévez se hizo fabricante de gambetas y de goles allí, en la primera de las edificaciones. Con sus cuatro hermanos, Diego, Miguel, Ariel y Deborah, quienes también conocen los códigos particulares del lugar.

No quería que le tocaran el barrio ni con palabras y mucho menos con prejuicios.

Cara seria. Respuesta breve.

-No, pará. Nada que ver. Fuerte Apache es retranqui, loco.

Allí, en el barrio oficialmente denominado Ejército de Los Andes, arrancaron los primeros pasos del Tévez jugador. Segundo -el tío al que Carlitos considera su padre- era el técnico de Estrella del Uno, en los torneos internos del barrio. “Un equipazo. Casi siempre ganábamos. Peleábamos todos los torneos”, decía contento.

Además de su hermano Diego, se armó “una linda banda”, contaba . Cabañas, El Morci, Pichila, Zapata. Los mencionaba con orgullo, como si los abrazara con las palabras. Sentido de pertenencia se llama. Ocurre que en Fuerte Apache se tiene un nombre público y otro privado. Entre otros apodos, a Tévez le decían Carlitos. Y era Carlitos. El más Carlitos de su propia historia.

No todos tuvieron el recorrido de Carlitos. De regreso a Buenos desde Trinidad y Tobago, el Tevez adolescente se encontró con la más dolorosa noticia: Cabañas, su mejor amigo afuera de la cancha y su mejor socio adentro, se había suicidado. Se pegó un tiro en la sien, tras quedar rodeado en una persecución policial.

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Lo confesaba sin vueltas. Ya era fanático de Boca. “Además, en mi casa o sos de Boca o no sos de nadie”. Sonreía. Por lo bajo contaba que admiraba todo de Juan Román Riquelme, que era su ídolo. También, ya en su puesto de centrodelantero, adoraba a Gabriel Batistuta y al brasileño Ronaldo.

Tevez tuvo un buen Mundial bajo el cielo caribeño de Trinidad y Tobago. Fue el mejor de aquel equipo argentino que finalizó en el cuarto lugar, tras caer en las semifinales ante Francia.

En cualquier caso, eran tiempos de entusiasmos crecientes.

-Soñá, Carlitos: ¿dónde te gustaría jugar?

-En el Barcelona.

-¿De Fuerte Apache a Barcelona?

-Algo así.

No se dio aquello del Barcelona. Pero salió campeón por casi cada rincón del mundo que recorrió: en Brasil, en Inglaterra, en Italia, con su Boca.

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Mientras respondía esas últimas dos preguntas de la primera entrevista con Clarín, El Apache -apodo naciente en aquellos días- nada sabía de lo que pasaba en el club donde anhelaba jugar. En sus inferiores, en La Masía, un tal Messi desparramaba rivales con su cuerpo breve. Ahí, en Trinidad y Tobago, un tal Iniesta se lucía vestido de España y advertía que un crack estaba asomando. Sí, como aquel Carlitos de la sonrisa despareja que tenía el alma en su barrio…

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