Acompañarse en el miedo: los vecinos que se juntan para caminar hasta el colectivoSociedad 

Acompañarse en el miedo: los vecinos que se juntan para caminar hasta el colectivo

Esta es una nota en la que los contextos tienen tanto valor como el hecho en sí. La primera situación que necesito destacar es la siguiente: llegamos a Boulogne para contar la historia de una chica que atiene una agencia de lotería. En un determinado momento, llegó un hombre muy nervioso, “sacado”, que empezó a gritarle para que le entregue la plata que llevaban recaudada.

La escena fue más o menos así. El local tiene un vidrio que podríamos suponer blindado, pero el delincuente le apoya el revólver con el que había amenazado a la chica. La bala atraviesa el vidrio, pero no lo hace explotar. El disparo se aloja en una pared del fondo mientras el hombre golpea el cristal tratando de destrozarlo, pero no lo logra.

La escena es muy violenta, y queda registrada en las cámaras de seguridad del local. Estamos en la puerta de la agencia para tratar de hablar con la chica que vivió esta situación límite. Ese es el contexto número uno.

El segundo: nací, me crié, y vivo en la zona sur. Salvo un período corto de residencia porteña, toda mi vida tiene que ver con el sur del conurbano. Conozco muchos lugares por mi trabajo. Me ubico bien en las rutas importantes, en muchas avenidas, barrios, y calles, pero no en todas, por supuesto, aunque lleve muchos años haciendo esto. Si estoy en Boulogne o en José León Suárez, puedo identificar Márquez o alguna avenida así pero no mucho más. Nunca vine a un cumpleaños por esta zona ni tuve compañeros de facultad que vivieran por acá, por lo que encontrar una cara conocida de la nada es una sorpresa en sí misma.

Yo estoy saliendo en vivo, mientras relato me muevo al lado del camarógrafo que, en imágenes, busca reflejar lo que yo cuento, y en la vereda de la casa de lotería hay un hombre que nos mira. Tiene una melena corta, barba candado, lentes cuadrados, y todavía está bajándose de la bicicleta. Sé que lo conozco, hay algo en su cara totalmente familiar, pero al mismo tiempo sé que eso es casi imposible porque no conozco a nadie por acá.

La salida al aire dura un rato más, pero el hombre no se mueve. Parado con su bicicleta espera paciente a que termine. “¿De dónde te conozco?”, le digo no bien tengo la oportunidad. Y él me responde sonriendo detrás de sus lentes: “Estuviste a unas pocas cuadras de acá hace menos de un mes. Habían matado a un chico que defendió a una mujer de un ataque de motochorros”. Ahí recordé su cara, la secuencia dramática de aquellos hechos, el pedido de los vecinos por seguridad. Como decía más arriba, no me ubico bien en esta zona y no había reconocido lo cerca que está el lugar de ese homicidio, en José León Suárez, de este ataque violento a la casa de lotería en Boulonge.

Hice una nota con él y otros vecinos reflejando esto, contando lo peligroso que está este corredor en el límite de los dos partidos. Nos despedimos con esa especie de confianza inmediata que se genera en situaciones tan drásticas. Una semana después estoy en esta zona otra vez. Hace días asaltaron a nueve personas al mismo tiempo en una parada de colectivos. Otra vez motochorros.

Los vecinos se organizan para salir todos juntos a la mañana temprano para poder ir a trabajar, pero ni eso alcanza. Esta vez decidimos acompañarlos nosotros, queremos contar su historia, reflejar ese drama. Partimos desde la casa de Luis y a pocos metros ya se suma una mujer que camina abrazando su mochila como si tuviera frío aunque es una madrugada suave y las camperas molestan un poco. Detrás de ella una pareja, y un hombre mayor un poco más allá.

Y de pronto aparece esa cara que vi tres veces en menos de un mes, en tres circunstancias distintas, todas violentas, todas tristes. Ahí están sus lentes, su melena corta, su barba candado, su sonrisa incrédula. “¿Otra vez vos acá?”, me dice y el saludo ya se vuelve cercano, casi un abrazo a un viejo conocido. El también forma parte del “pool” de caminantes que busca la cercanía de sus vecinos para poder ir a la parada de colectivos.

Aunque yo no me ubique, esta es su zona, su barrio, el lugar en el que vive y donde se vive a merced de ladrones, motochorros y violentos de toda estirpe y a los que ni la policía ni la justicia parecen poder frenar. Vuelvo a entrevistarlo y debe ser todo un récord. Cuando nos despedimos me saluda afectuosamente y sin soltarme la mano me dice: “Ojalá que no tenga que verte nunca más”. Y debo decir que, teniendo en cuenta el contexto, tiene toda la razón del mundo.

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