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La pareja

Esto ocurrió hace tantos años que ninguno de los implicados está ya en este mundo, excepto yo, creo. El hombre me había contratado para que le escribiera el discurso que le diría a la mujer en la boda: era una sorpresa. Para mi labor, yo debía conocer la historia de la pareja. Si le cuento, me dijo, usted escribe una novela. Comencemos por el discurso, repliqué.

“Hace algunos años -comenzó -, yo veraneaba en el mismo resort, en el Caribe. Me había separado de mi primera mujer, y disfrutaba de pasar los veranos en aquel sitio perdido de la mano de Dios, pero con todas las comodidades. El amor no era una tentación para mí: me limitaba a las relaciones de conveniencia, con mujeres notoriamente más jóvenes que yo; cada uno sabía lo que quería del otro, y no había malos entendidos. No obstante, fíjese qué curioso, alguna que otra me quiso; probablemente porque yo no esperaba nada. Son cosas que pasan”.

“Pero aquel otoño (otoño en Buenos Aires, en el resort siempre era un plácido verano), reparé en un curioso trío mexicano: una pareja de jóvenes, un muchacho y una chica, de aproximadamente 26 y 24 años, y la suegra, la madre de ella. La jovencita era despampanante, la personificación de la belleza: yo casi no podía desayunar cuando la tenía cerca, porque la lujuria me cerraba la glotis. Pero la que realmente me interesaba era la madre, que tenía mi edad”.

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“Como le dije, no me eran ajenas las jovencitas, pero siempre con algún tipo de intercambio consentido, de modo que por mucho que me soliviantara Guirnalda, como se llamaba la hija; la que a mí realmente me interesaba, porque era una compañera posible y no intercambiable, era la madre, Lupita. Guirnaldas, como dice Juan Gabriel, yo podía encontrar millones. Pero Lupita… Era una cuarentona opulenta que usted la veía y se caía de espaldas”.

“No usaba corpiños audaces, y sin embargo despertaba audacia. Tenía un no sé qué de misterio en su mirada de ojos negros, una nariz aguileña que anunciaba pasiones ocultas; en medio del desayuno americano, era ella mi bocado predilecto. Una cosa es la lujuria, y otra el amor, que es lujuria más respeto. Y eso es lo que yo sentí por Lupita a los cuatro días de verla por primera vez. El trío se quedaría quince días en el resort, averigüé discretamente en conserjería, para calcular el tiempo que me restaba para intentar algo con ella. No era imposible: en el hotel había juego de bingo, bailes, fiestas temáticas y espectáculos como para acercarme galantemente”.

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“Pero ocurría algo irritante: tanto la hija como el yerno- que supe estaban prometidos-, me echaban Flit. Me refiero a que no me querían cerca. Por parte de la hija, quizás porque protegía a la madre de un supuesto caza fortunas. Estaba tan acostumbrada a que los hombres la miraran exclusivamente a ella, que no concebía la idea de un pretendiente que pensara primordialmente en su madre. Era ese extraño par de madre e hija que, veraneando la madre sin pareja, no intenta parecer joven como la hija. Se dejaba ser en su propia belleza de mujer de cuarenta y pico. No competía con la hija: notable y meritorio”.

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“Y en cuanto al muchacho, Emiliano, sospeché la actitud de cualquier hombre primitivo: no le gusta que otro ande cerca del rancho. Siempre lo pienso con el paradigma de la amiga de la esposa: suponga que estoy con mi esposa y una amiga soltera de mi esposa, almorzando, y se acerca otro hombre con evidentes intenciones de conquistar a la amiga de mi esposa, delante de mí… yo me sentiría violentado. Se lo confieso. Le soy sincero. Creo que muchos hombres sentirían parecido. Pero el encono del muchacho era de tal magnitud que parecía que me retaría a duelo: de algún modo, supuse, se presentaba delante de Guirnalda como un guardián capaz de protegerla”.

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“ Por momentos llegué a desear que realmente me retara, porque sabía que le ganaría con facilidad. No obstante, el joven era lo suficientemente hábil como para mantenerme a distancia sin llegar al conflicto. Parecía haber leído a Sun Tzu y saber que la mejor victoria es evitar la guerra. Me colocó en una posición descabellada: era yo, el hombre maduro, quien aspiraba a una culminación drástica de aquella confrontación de silencios”.

“Pero uno no ha vivido en vano: me comporté como un espía y anoté los momentos en que Lupita quedaba a solas. Contaba con apenas tres días para jugarme a todo o nada. Lupita apenas si me había contestado las buenas noches, con el petimetre siempre interponiéndose entre nosotros, y la hija curvando las comisuras de la boca en un gesto de desprecio hacia mí. Aquella noche sabía que Lupita tomaría su último coñac en la barra del sector de solteros del resort, y ya tenía pensado soltarle mi perorata: todo lo que le acabo de narrar a usted, lo que sentía por ella, mi comprensión del comportamiento de su hija y de su yerno. A lo único que aspiraba era a una respuesta. Lupita no estaba casada ni de novia”.

“Me falló en la barra y me rompió el corazón. La busqué como alma en pena por el resto del resort. No estaba en su habitación. Recorrí los sitios más inhóspitos dentro de aquella bahía del lujo. Y entonces… En un pajonal abandonado, donde daban de comer a las cabras que eran parte del entretenimiento para los niños, descubrí a Lupita y su yerno refocilándose, precisamente, como dos animales”.

El hombre hizo una pausa. Estábamos en su mansión del barrio de Belgrano, y yo había rechazado su oferta de algo para beber. Ahora le pedí un vaso de agua.

Me lo trajo, y continuó: -Veo que está pálido. Beba tranquilo el agua, lo necesito vivo para que escriba mi discurso. Yo tenía una opción inmediata: denunciarlos ante Guirnalda, y probar suerte con la jovencita. La vida me la entregaba en bandeja: un desamor de esa naturaleza, un desengaño brutal, tragedia griega, y el hombre solitario, a la vera del camino, se queda con una oportunidad única. El destino me condenaba a la eterna juventud ajena.

-¿Entonces se casa con Guirnalda? -consulté-. ¿Tengo que escribir esta historia?

-¿Pero usted está loco? -respondió mi contratista, y se sirvió un licor de alcauciles-. No me hubiera aprovechado de esa situación por nada del mundo. Pero si no hubiera podido resistirme a esa maliciosa oportunidad, jamás me hubiera casado con ella. Lujuria más respeto, como le dije: y ahí el respeto se hubiera echado a faltar. No, con ninguna de las dos. Me caso con una señora. No me atrae ni la mitad de lo que fue Lupita en ese momento, pero será una buena compañera, y me gusta.

-¿Y para qué me contó todo esto? -me escuché preguntar-.

-Es el background. Para escribir el discurso de mi futuro, usted tiene que conocer mi pasado.

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