El peronismo y los jueces le frenan una reforma electoral al gobiernoEconomía 

El peronismo y los jueces le frenan una reforma electoral al gobierno

Un frente sorpresivo de la posición del peronismo y de los jueces electorales de todo el país frenó en las últimas horas un intento de reforma electoral. Los actores principales de la disputa por el poder asumen que 2019 repetirá el escenario de 2015: una elección pareja con una diferencia muy chica que se resolverá en un ballotage. En esa eventualidad, cada voto pesa para alimentar un triunfo o precipitar una derrota, y eso explica la agitada turbulencia que se ha vivido, sordamente, en la última semana en torno a los decretos de reforma electoral que firmó Mauricio Macri en enero pasado. Son ensayos de microcirugía sobre el voto de expats —argentinos en el exterior—, presos y militares que controlan urnas. Afectan a muy pocos votos, pero que en una elección como la que se viene, hay que controlar con minucia todo porque el desfiladero es muy estrecho. Uno de esos decretos propone modificar la forma de trasmitir los datos de las mesas a los centros de cómputos, reemplazando el sistema tradicional del telegrama por un certificado de resultados, que se comunicaría de manera electrónica. Esa modificación del viejo sistema de los telegramas y las certificaciones manuscritas, según el Gobierno, son fuente de errores y eventuales impugnaciones, y demoran el escrutinio definitivo: esto produce irritación en el público, y presunciones de fraude que le quitan legitimidad al resultado. El escrache electoral es una de las herramientas de campaña más usadas. En el ADN del oficialismo y la oposición está escrito que la derrota del peronismo en 2015 se debió también al efecto en la opinión pública de las denuncias de fraude y fuego en las urnas en las elecciones a gobernador de Tucumán que ganó Juan Manzur el 23 de agosto de aquel año. Fue poco después de las PASO nacionales y antes de la primera vuelta. La Justicia no puso probar nada, pero el tomatazo al parabrisas rindió frutos en las elecciones que siguieron.

El fantasma del fraude horroriza a todos

El ministro del Interior, Rogelio Frigerio, escuchó los reparos de los jueces del fuero electoral a la reforma impulsada por el gobierno.

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El debate sobre el decreto 55/2019 se ventiló en las últimas horas en varias sedes e incluyó una reunión de los magistrados de ese fuero electoral, de todo el país, con la cúpula del Ministerio del Interior. Rogelio Frigerio y Adrián Pérez escucharon los argumentos de los magistrados contra un cambio a tan pocos meses de las elecciones, y se resignaron a que deberán postergar su aplicación. “Es en beneficio de los partidos y los jueces, pero si no lo quieren…”, dijo Pérez, que estuvo también en Corrientes en una cumbre de las oficinas electorales de todos los distritos del país. Allí transmitió la idea de que puede haber una postergación del cambio, que rechaza también el peronismo. Los integrantes de la Cámara Nacional Electoral, que sugieren estudiar el sistema con más tiempo, son los que sugirieron algún remedio a la multitud de papeles flojos en cada mesa, en una acordada del año 2016 (la número 3/16). En la reunión de la Comisión de Acción Política del Consejo Nacional del PJ se oyeron los argumentos críticos del apoderado Jorge Landau. Para el peronismo, ese sistema nuevo de controlar los resultados en 15 mil puntos de todo el país con notebooks y scanners, contra los 2 mil que se usaron en las últimas elecciones, les da argumentos para agitar el fantasma, siempre eficaz, del fraude. En esa reunión del PJ, el sindicalista Héctor Daer bromeó: “Si nos terminan ganando, haciendo fraude, tenemos que dejar de llamarnos peronistas”. La frase da para infinitas interpretaciones. Ocurrió pocas horas después de que los jueces expresasen el rechazo ante las autoridades de Interior. Una jueza electoral de altísima centralidad —cuyo nombre no diremos, porque acá ni se sirve ni se cubre, pero tampoco se delata a nadie — llegó a exclamar: “Esto es un fraude”. Eso bastó para que el Gobierno congele esa reforma, que le hubiera permitido un adelantamiento de los resultados en las próximas elecciones. El argumento opositor es que las constancias escritas a mano y la existencia de por lo menos tres documentos —acta de apertura y cierre, y certificado de resultados— permite se ejerza un control cruzado de los números.

Radicales Porá

La cumbre radical de mañana en Corrientes no es una reunión formal del Comité Nacional. Junta a los consiglieri que manejan el partido por vasos comunicantes, que están por debajo de las formalidades. Eso explica que, junto a gobernadores y jefes partidarios, asistan hombres de confianza que hablan con todos, como Enrique Nosiglia y Ernesto Sanz. Estos consiglieri son el verdadero poder del radicalismo, y se mueven según el interés de un conjunto que es más amplio que la representación tiene la UCR dentro de Cambiemos. El grupo lo integran los que hablan entre sí y con el Gobierno, y articulan la horizontalidad del partido, que es uno de sus valores centrales. En ese partido, una peña en Lalín tira más que una yunta de bueyes. A todos les consta, por lo que le han oído a Macri, que al presidente no le desagrada ir a una PASO de musculación pero que desaconsejan quienes lo rodean. También la rechazan sectores como los intendentes radicales de Buenos Aires, que lo último que querrían es arriesgar posiciones en una disputa ajena. Lo que salga de ahí es un borrador de trabajo para la Convención nacional que sesionará antes de abril y que tiene que aprobar las alianzas. Es un trabajo delicado, de mano de seda, para que la horizontalidad no se convierta en un plano inclinado y quede preservado el sistema de decisiones del partido. La reunión correntina tiene que darle un impulso, además, a una convocatoria de la Mesa de Cambiemos, que acordaron para estas horas Alfredo Cornejo y Humberto Schiavoni (presidentes de la UCR y del Pro) para resolver la crisis en Córdoba entre las fracciones que disputan la candidatura a gobernador. La puja Negri-Mestre puede terminar partiendo a Cambiemos en la provincia que lo hizo presidente a Macri, y que tiene el electorado más grande del país después de Buenos Aires. Si eso ocurre por la inviabilidad de una elección que no tiene logística ni fondos, y que queda reservada a la gana de la militancia, será la peor señal para la primera mitad del año, que el Gobierno ya esperaba que fuera malo en materia electoral.

El complicado cóctel del primer semestre de elecciones

El Gobierno esperaba este tramo, resignado a una sucesión de derrotas en varias provincias. Todos luchan para evitar que la pelea escale y se nacionalice. Los elementos que han jugado allí son complejos:

1) El Gobierno nacional apoyó siempre a Negri, pero ahora dice que lo hizo creyendo que éste amagaba para preservar su poder en el Congreso. Negri nunca dio esa señal que le atribuyen;

2) Macri ha evitado intervenir, para preservarse del costo de meter mano en un distrito en donde es muy difícil que Cambiemos le gane a Schiaretti. En el aprendizaje del liderazgo, no ha llegado a la bolilla que explica que un líder también tiene que ponerle el pecho a la derrota.

3) Falló acaso la estrategia global, en el distrito que debió arrancar preservando lo más valioso de esa formación: el control de la capital de Córdoba, la segunda ciudad más importante del país.

Sobre ese objetivo debió construir lo demás, y quizás poner allí a su mejor figura. ¿Hubiera aceptado Mario Negri ser candidato a intendente? Quizás hubiera asegurado esa plaza para su partido, pero el factor humano actuó de nuevo: Negri cuando era chico fue vicegobernador de Eduardo Angeloz, hace más de 30 años, y quien fue obispo, no baja a monaguillo. Hay dos distritos en los que el oficialismo ha puesto fichas en candidatos ajenos, pero a quienes prefiere por sobre los peronistas. En Río Negro jugaron todo a las patas de Alberto Weretilnek, que tiene la candidatura objetada por la Justicia y que tiene enfrente al cristinista Martín Soria. “La idea del presidente es que no gane Soria”, les ha dicho Peña a los radicales que quieren jugar por la gobernación. Si gana Soria, habrán perdido Weretilnek, los radicales y Cambiemos. De paso, el ministerio fiscal de esa provincia dice que citará a este columnista, para que diga si escribió que el gobernador le dijo a Macri en La Angostura que tenía asegurados dos de los votos de la Corte local. Eso ya está firmado. (Avant Première del 7 de enero pasado). Ni qué decir si gana Ramón Rioseco en Neuquén, el ex intendente de CutralCo que se ganó una zona petrolera, que enriqueció esa pedanía, y le da un poder como para desafiar al MNOP, que parecía eterno. Si gana, habrá perdido Omar Gutiérrez, la ficha elegida por Cambiemos, pero también por los radicales locales. Y se instalará un emblema aterrador para inversores: que el cristinismo domine en la provincia de Vaca Muerta, el centro de las quimeras económicas de la Argentina.

Optimismo estremecedor

Esa juntada obedece, ante todo, a la necesidad de presentarle a Macri una fórmula radical para las PASO presidenciales, so riesgo de dividir al partido. Es un borrador de lo que ocurrirá en una convención del partido, que tiene que suceder antes de abril, y que exigirá que presente una fórmula ante Macri. La convocatoria surge de un análisis de las internas presidenciales de 2015. En aquella oportunidad Cambiemos sacó el 30,12%. Macri alimentó ese resultado con un 24,50% de los votos. Ernesto Sanz y Elisa Carrió sumaron 5,62% en representación de quienes no querían respaldar al actual presidente. La especulación de los consiglieri del radicalismo es que seguramente este Macri de hoy difícilmente repita ese 24,5%, y que la liga de radicales que se sindicaron en 2015 en Sanz-Carrió puede sumar más que aquel 5,62%. ¿Quizás un 20-10, en la presunción de que el oficialismo mantiene esa base del 30%, algo que ninguna encuesta desmiente? El entusiasmo radical tiene un ingrediente de optimismo estremecedor. Hace seis meses una PASO contra la fórmula de Macri se justificaba en darle a la base de Cambiemos la oportunidad de ampliar las adhesiones, más allá del formato que ha gobernado estos cuatro años. Hoy, el tobogán de las expectativas los pone ante la ilusión de un resultado mucho más alentador.

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