Matar por matarSociedad 

Matar por matar

Me impresiona contar, en un alarmante promedio de uno por semana, los casos en los que ladrones matan solo por matar una vez cometido el robo. De hecho no es la primera columna que escribo sobre este tema y, hasta acá, no pude encontrar el motivo por el que lo hacen. Le doy vueltas a la cuestión y siempre termino por llegar al mismo lugar: pareciera que matan porque pueden matar, porque tienen ese poder sobre la vida de alguien más y en algún momento deciden ejercerlo.

Pero leo la conclusión (que, insisto, es a la única que llego sistemáticamente) y me da escalofríos. Nos pone a todos en un nivel de vulnerabilidad tan extremo que trato de espantarla de mi mente antes de que se enquiste, que se vuelva tan sólida que sea la única explicación posible. Algo debe haber que no estoy viendo y que hace que un ladrón, en determinado momento, dé el salto que lo convierte en un asesino. Y, por si hace falta aclararlo, no creo que sean las circunstancias.

Esta semana estuve en Longchamps para contar la muerte de Diego. Tenía 36 años y conversaba con un amigo en la puerta de una carnicería. Cuando se despedían llegó un delincuente para robarle la bicicleta. Sin que hubiera un forcejeo, ni ningún tipo de resistencia, el ladrón le dio un tiro en la espalda, se subió a la bicicleta y escapó.

La esquina de Longchamps donde mataron a Diego.

Leo lo que acabo de escribir y siento que tengo que borrar todo y empezar de nuevo. Porque al poner esto de “sin que hubiera forcejeo, ni ningún tipo de resistencia” pareciera que, en caso de haber habido algún tipo de voluntad de Diego por evitar el robo, eso justificaría que el ladrón le disparara. Y la verdad es que tampoco me siento muy cómodo hablando de un ladrón cuando tendría que hablar de un asesino sin explicar la circunstancia en la que mata.

Pareciera que matan porque pueden matar, porque tienen ese poder sobre la vida de alguien más y en algún momento deciden ejercerlo.

Lucas, el amigo, el testigo, el que lleva a Diego al hospital, el que lo ve morir, me da una nota contando como fueron los hechos. Pero fuera de cámara hace más que eso, me da detalles de ese viaje en auto al hospital que no se animó a contar frente al micrófono. Me habla de esos minutos en los que Diego le decía que no iba a lograr sobrevivir, que por favor cuidara de su hija, que le dijera a su mamá que la quería mucho.

Tengo un nudo en el corazón. Lucas ocupa un lugar dramático en todo esto. Le tocó ver, le tocó actuar, le tocó escuchar. Frente a ese drama que ya no tiene arreglo me dice “estos tipos hacen un desastre. No solo se llevan una vida, arruinan la vida de todos los que quedan, de los hijos, de los padres, de los hermanos, de los amigos”.

Y mientras lo escuchaba, recordé un libro que leí hace un tiempo. Se llama “Laëtitia o el fin de los hombres” y lo escribió el historiador francés Ivan Jablonka. En él, narra la muerte de Laëtitia, una chica de 18 años, a manos de un hombre que la violó y después escondió el cuerpo. El libro no es una novela policial más, ganó casi todos los premios posibles de la literatura francesa, y más allá de la precisión de la investigación periodística, creo que el gran mérito del autor radica en la búsqueda de “revivir” a Laëtitia.

Jablonka plantea desde el principio que los asesinos logran algo que magnifica en el futuro la muerte que consiguen. Además de arrebatarle la vida a sus víctimas, dejan toda su vida anterior asociada por siempre a la vida del asesino. En otras palabras, la historia de una persona desaparece para convertirse únicamente en la víctima de un asesinato.

“Estos tipos hacen un desastre. No solo se llevan una vida, arruinan la vida de todos los que quedan, de los hijos, de los padres, de los hermanos, de los amigos”.

Pensaba en eso mientras hablaba con Lucas. Diego es la víctima de un asesino despiadado que abre fuego sin ningún motivo y que se lleva como botín algo tan nimio como una bicicleta. Nos sorprendemos de esa violencia, tratamos de entender por qué pasa, por qué se repite, por qué parece una cosa imposible de parar, por qué el asesino sigue suelto.

Pero en el diálogo con Lucas, aparecen otros aspectos que no son noticiosos y que hablan de la vida de un hombre de 36 años fanático del fútbol, que un rato antes de ser atacado había jugado un “picadito” con sus amigos y con los hijos de sus amigos y en ese partido que se había pautado a cinco goles se había “comido” un caño de uno de los nenes que había sido festejado y por el que lo “gastaron” un rato largo. También disfrutaba como loco de sus amigos, de salir a andar en bicicleta, había sido papá muy joven y pensó en su hija hasta el final, en ese viaje desesperante en el que sabía que estaba mal herido pero en el que Diego trataba de convencerlo de que iba a estar todo bien.

Todo eso que llamamos vida es lo que se lleva un asesino y es, por supuesto, mucho más que la vida biológica de una persona. Si nadie escribe sobre esa vida, si no se la menciona, si no se la describe, si no se la nombra, si Diego es una más de los que mueren a manos de delincuentes que abren fuego porque tienen el poder de abrir fuego y decidir como oscuros dioses sobre la vida de todos nosotros, ese asesino se lleva a su casa una vida y, multiplicando la injusticia si es que eso es posible, se lleva además una historia.

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