La Filarmónica, una orquesta que atrasaEspectáculos 

La Filarmónica, una orquesta que atrasa

El director Arturo Diemecke abrió el jueves el abono de la Filarmónica de Buenos Aires con el Concierto para piano N° 1 de Chaikovski y una selección de la ópera El príncipe Igor de Borodin, con el Coro Estable dirigido por Miguel Martínez y una excelente actuación de la soprano Jaquelina Livieri en el número de las Jóvenes polovtsianas.

El concierto de Chaikovski tuvo menos suerte. El solista fue Alexander Romanovsky, un reconocido pianista ucraniano que en esta ocasión no mostró muchos matices, aunque es difícil decidir si el solista no estaba en una buena noche o no encontró las mejores compañías, ya que la actuación de la orquesta transcurrió en una banda de rango dinámico y expresivo excesivamente estrecha y uniforme. En el primer y largo movimiento del Concierto la ausencia de un auténtico ida y vuelta fue alarmante: la obra parecía avanzar en bloques, sin chispa ni suspenso, aunque en la cadencia pudieron entreverse ciertos destellos expresivos del solista. A partir del tiempo lento las cosas mejoraron un poco, pero no mucho.

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De todas formas, Diemecke se dio el gusto de inaugurar la temporada con el concierto más popular del mundo y con una obra sinfónico- coral de gran potencia (por suerte esta vez no fue la extenuante Carmina Burana de Orff). El problema es que prácticamente toda la temporada parece armada a su gusto. En un ciclo de 18 conciertos no hay estrenos significativos, excepto la prometedora revelación orquestal de Mariano Nante (en la próxima fecha, 14 de marzo) y la versión de concierto de El baile, la ópera de Oscar Strasnoy, en una función que forma parte del ciclo Colón Contemporáneo (ciclo que por otro lado Diemecke se encarga de erosionar año tras año). Se anuncia el estreno sudamericano de un Concierto para violonchelo de un compositor irrelevante, Máximo Flugelman, y un estreno mundial de Claudia Montero, compositora argentina radicada en España que ha obtenido notoriedad tras ganar unos premios Grammy al mejor álbum clásico y a la mejor composición clásica contemporánea. La música de Montero puede escucharse por YouTube: es convencional y edulcorada (los Grammy nunca tuvieron demasiada significación para la música de tradición clásica). Ojalá Montero nos sorprenda con otra cosa en el Colón.

Hay hechos interesantes como la visita de la francesa Hélène Grimaud con el Concierto de Ravel, o de las hermanas Labèque con el Concierto para dos pianos de Poulenc, además de la Tercera sinfonía de Mahler o la Novena de Bruckner, pero estos puntos no alcanzan a producir una temporada relevante, porque hay un bloque fundamental de la música de conciertos que sencillamente está excluido.

Da la impresión de que para Diemecke la gran música terminó con ciertos autores de la primera mitad del siglo XX: Stravinski, Bartók, Shostakovich, además por supuesto de Ravel y Debussy y algunos otros. Muchas veces surge la pregunta, del todo legítima por otro lado, de si la gran tradición de la música clásica -esa tradición que va de Monteverdi a Stravinski, pasando por Bach, Mozart, Beethoven y otros- existe todavía. Sin desconocer el componente metafísico de la interrogación, limitémonos por lo pronto a responder con una serie de nombres (excluidos de la programación regular de la Filarmónica): György Ligeti, Luigi Nono, Mauricio Kagel, Berio, Morton Feldman, Elliott Carter, Stockhausen, Bruno Maderna, Gerardo Gandini, para no hablar de autores vivos como Steve Reich, György Kurtág, Sofía Gubaidulina, Salvatore Sciarrino, Lachenmann, Kaija Saariajo, Pascal Dusapin, entre tantos otros de los que uno seguramente no tenga la menor idea.

Acaso Diemecke piense y sienta lo mismo que piensa y siente mucha gente, músicos y no músicos. Está en su derecho. Lo que es una calamidad es que un sentido común como el suyo decida la programación artística del Colón.

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